Columna Diario Las Noticias
Sábado 19 de julio de 2008
EL JARRÓN DE AGUA Y LA CALIDAD DE LA EDUCACIÓN
La mejor prueba de la mala calidad de la educación fue la inaceptable falta de respeto de una estudiante que arrojo un jarrón con agua a la Ministra de Educación, cuya capacidad todos reconocemos en La Araucanía.
Más grave fue la reacción del Presidente Nacional del Colegio de Profesores quien justificó esta conducta.
Los gobiernos de la Concertación han aumentado de mil a seis mil millones de dólares los recursos para la educación. Sin embargo, la calidad no mejora. El 40% de los niños de cuarto básico no sabe ordenar los números del 1 al 100 y no son capaces de comprender un texto tan básico como la Caperucita Roja.
Por lo mismo, resulta incomprensible la oposición de dirigentes gremiales y de parlamentarios de la Concertación al acuerdo sobre Ley General de Educación. Su objetivo es precisamente mejorar la calidad. Para ello se crea un Consejo Nacional de Educación autónomo, que fija las bases curriculares y los planes y programas de estudio; la Agencia de la Calidad, cuya función es identificar y apoyar a los establecimientos de mal rendimiento; y la Superintendencia del ramo que debe fiscalizar el correcto uso de la subvención, y recibir los reclamos de la comunidad educativa.
También es incomprensible la discriminación que algunos pretenden hacer concentrando el apoyo del Estado exclusivamente en la educación municipalizada, ya que significa abandonar, en La Araucanía, a 119.455 alumnos, muchos de ellos de escasos recursos, que estudian en colegios particulares – subvencionados y que representan el 54% de los niños de la región.
Queda pendiente la inaceptable realidad que viven los profesores, que reciben bajísimas remuneraciones, sin incentivos para capacitarse ni estímulos a los mejores y no pueden jubilar dignamente.
La educación no se mejora con insultos ni consignas ideológicas añejas, sino con cambios de fondo que permitan al más modesto de los estudiantes recibir una educación de calidad que cambie el destino de su vida.
Alberto Espina
Senador