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Corregir los Niveles para Enfrentar las Desigualdades


Es francamente emocionante el consenso que se ha producido en Chile en cuanto a la constatación del carácter vergonzoso y escandaloso de las desigualdades existentes en el país.

 

Hace unos pocos días atrás -en una cena en que me tocó participar junto al Presidente de la República Ricardo Lagos y el Director Gerente del Fondo Monetario Internacional, Rodrigo De Rato- el Primer Mandatario reconoció con pena y humildad que Chile está entre los países que tiene la peor distribución de la riqueza en el mundo. El indicador que utilizó para ello fue la relación entre el decil más y rico y el más pobre, los cuales están en una relación de uno a 35, situación mucho más propia de país africano gobernado por un dictador que de otra nación civilizada.

 

Así como en los finales de los ochenta el gran escándalo nacional eran los 5 millones de pobres, la desigualdad es la nueva vergüenza nacional a inicios del siglo XXI. De la misma manera como el consenso nacional frente a la indignidad de la pobreza generó efectos muy importantes durante los 15 años posteriores, permitiendo bajar parte de la población en pobreza del 40 al 18%, un esfuerzo decidido en la lucha contra la desigualdad a partir de hoy día, debiera conducirnos a resultados importantes en el curso de los próximos años.

 

Al gobierno que vamos a elegir en diciembre no se le puede pedir que resuelva todas las desigualdades en Chile. Se le pide simplemente que provoque una inflexión en la tendencia actualmente existente en la reproducción al infinito de la desigualdad. Que al final de su mandato no tenga que reconocer que los cuatro años de gestión gubernamental fueron en este plano inútiles, porque la injusta estructura de distribución no se movió prácticamente ni un pelo, como desgraciadamente ha ocurrido durante los últimos 15 años.

 

Las desigualdades tienen que ser enfrentadas en serio. Con franqueza me preocupa que hoy todos hablen de “igualdad de oportunidades”, digan que este es un problema histórico y de largo plazo y que sólo se soluciona con el mejoramiento en la educación. Estas son verdades a medias que sólo pueden servir para practicar la bien conocida política del gatopardo, es decir, en la que todo cambia para que todo quede igual.

 

Para enfrentar las desigualdades hay que rectificar el modelo.  ¿Por qué razón? En primer lugar,  porque este produce desigualdad y no igualdad. Se requieren de políticas públicas activas, por ejemplo una fuerte ampliación de la cobertura preescolar; una subvención preferencial para los establecimientos vulnerables de la educación básica y media; un mejor trato a las universidades públicas y un sistema de ayuda a los estudiantes pobres pero talentosos, para que continúen en la educación técnica y universitaria.

 

También se requiere de políticas para mejorar el sistema de salud pública, que frente a los desafíos de la reforma y los nuevos derechos que ella establece, puede terminar colapsado. Asimismo, se hacen necesarias políticas públicas para mejorar la calidad de las viviendas y los entornos urbanos populares; y por cierto, políticas públicas para enfrentar ese gran tabú y reproductor fundamental de la injusticia y desigualdad, que es el actual sistema previsional chileno. Para todo esto se requiere un financiamiento sólido, que necesariamente supondrá un aumento de la carga tributaria.

 

Se requiere rectificar el modelo porque éste –como lo he dicho en otras oportunidades- no produce empleos en cantidad y calidad suficientes, incluso suponiendo la mantención de tasas de crecimiento altas en los próximos años.

 

Es una evidencia que se requiere políticas de empleo complementarias que busquen transformar las necesidades sociales urgentes (atención preescolar; cuidado a la tercera edad; convivencia segura; alfabetización digital, etc) en puestos de trabajo.

 

Se requiere rectificar el modelo porque -no obstante- el recurrente discurso de todos los sectores políticos sobre la pequeña y mediana empresa, la brutalidad con que opera la tendencia a la concentración y la centralización, les deja a estos establecimientos muy poco espacio para su desarrollo. Hay que ver -cómo inteligentemente- se les dan nuevas oportunidades a las pequeñas y medianas empresas sin que esto implique perdonazos indiscriminados a establecimientos que –a estas alturas- podrían haber perdido toda viabilidad.

 

Hay que rectificar el modelo porque este ha demostrado también que una buena política macroeconómica, con sólidos equilibrios, no garantiza percé altos niveles de crecimiento. Para que esto ocurra se requiere una estrategia de desarrollo que resuelva las brechas de innovación y fije un horizonte, “un proyecto-país” que oriente las decisiones de los agentes. Es evidente que este proyecto-país tiene que ser fruto de la concertación de muchos actores y no de una imposición puramente administrativa y burocrática por parte del gobierno de turno.

 

Llevo ya muchos años trabajando en esto. Fui Ministro de Economía durante tres años y he demostrado en los hechos, que creo profundamente –por convicción y no por adhesión oportunista- en las virtudes de una economía de mercado abierta al mundo. Estas orientaciones deben mantenerse e incluso profundizarse con más competencia y apertura. Lo que no es admisible es dejar librado nuestro desarrollo sólo a las fuerzas del mercado, que todos sabemos son miopes, porque no tienen visión de futuro y al procesar las demandas solventes y no las necesidades, lo que hacen es reproducir al infinito las desigualdades inicialmente existentes.