Si hace sólo un poco más de un año el triunfo de la derecha parecía inevitable, hoy día las cosas han cambiado y de qué manera. Los resultados convergentes de todos los estudios de opinión más recientes muestran que si las elecciones fueran el próximo domingo y la Concertación fuera con una sola candidata, la triunfadora sería Michelle Bachelet. Así de claro y esto Lavín y la U.D.I.
Pero no es éste el objetivo esencial de esta columna. Quiero reflexionar más bien sobre la naturaleza profunda del núcleo hegemónico de la derecha y las consecuencias para el país de su hipotético triunfo. La interrogación es pertinente porque no hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta que alguien como Lavín que alcanzó a casi un 49% de la votación en la última elección, tiene una posibilidad, aunque hoy día disminuida, de alcanzar el triunfo.
En este contexto cobra significación la afirmación del Presidente Lagos en cuanto a que “la derecha chilena está preparada para gobernar de acuerdo a las reglas del juego democrático. Eso no está en cuestión”.
Las opiniones de los Presidentes tienen una característica muy particular que las hace diferentes a las de cualquier otro. Como lo dije al pasar, en mi libro de conversaciones con mi hijo Marco, los Presidentes son Presidentes de todos los chilenos (el último que no asumió esa condición salió literalmente muerto de La Moneda) y eso naturalmente lleva a decir muchas cosas, unas ciertas y otras un tanto más discutibles aunque siempre comprensibles. La afirmación del Presidente Lagos sobre la preparación democrática de la derecha forma parte de la última categoría.
Soy de los que piensan que la credibilidad democrática de la derecha si está en cuestión. En primer lugar, por hecho puramente factual e irrebatible; Lavín y Longueira no han hecho, como todos nosotros, la demostración de que pueden gobernar Chile respetando los espacios de quienes no piensan como ellos. No estoy diciendo que esté totalmente excluido que, de repente, suponiendo que ganan las elecciones, den un golpe a la cátedra, y actúen de una manera distinta a la que resulta de su condición objetiva de hijos políticos de la dictadura y de Pinochet. Más aún, no creo que ningún dirigente responsable de la UDI esté pensando en volver atrás la rueda de la historia y se autoperciben como parte de la alternancia democrática y todos valoramos la capacidad que han demostrado en más de una oportunidad de ser oposición responsable.
Pero existen muchos indicadores que apuntan en sentido contrario. El desafío al Poder Judicial cada vez que un fallo no les acomoda. El uso abusivo de su poder de veto para mantener una constitución antidemocrática e impuesta por la fuerza y un sistema electoral vergonzoso como el binominal. La negativa hasta fecha muy reciente a legislar sobre transparencia y financiamiento público de la política simplemente porque son los privilegiados del financiamiento empresarial. Y la renuencia a sancionar con la máxima severidad a los infractores de las normas sobre gasto máximo.
La derecha y la UDI no han querido que se transparente su relación con el dinero, y eso es extremadamente grave. En un país en donde el mundo de los negocios y del dinero no sólo es muy rico sino que también demasiado poderoso, en donde los medios de comunicación escrita están tan concentrados, en donde las nuevas universidades, muchas de ellas controladas por representantes de la derecha son tan gravitantes, en un país con estas características, es posible pensar en la consagración de una especie de Dictadura Perfecta. No estoy diciendo que esto sea inexorable, pero convengamos que la posibilidad existe.
Tengo conciencia de que la acusación es fuerte, pero discúlpenme, tiene fundamento. Cuando la UDI hace de Jaime Guzmán, senador brutalmente asesinado su principal referente, pone en evidencia la falla geológica o más bien la falla ética que está en la base de su fundación. Perdónenme que lo diga con esta franqueza: por sus actuaciones durante la dictadura, por su complicidad con los atropellos a los Derechos Humanos, si en Chile hubiese existido verdadera justicia y el terrorismo no hubiese actuado en la forma brutal en que lo hizo, Jaime Guzmán, el icono de la UDI, debiera haber terminado respondiendo por sus actuaciones y sobre todo por sus omisiones y silencios frente a la justicia.
En este mismo sentido, resultan más inquietantes los métodos utilizados para la elección interna de los dirigentes de la UDI. Uno se pregunta ¿quiénes deciden? ¿cuántos votan? ¿a quiénes consultan? ¿tienen derecho a opinión los dirigentes sociales? ¿O finalmente todo se resuelve en un pequeño grupo?
Baste ver la suerte de Sebastián Piñera. El, qué duda cabe, es un opositor neoliberal de tomo y lomo y por Dios que ha pagado caro sus críticas. Si Piñera que es rico y de la Alianza ha tenido ese tipo de trato, uno se pregunta ¿qué queda para el resto, para el que es pobre y no forma parte de la UDI o de la Alianza por Chile?
Si hacemos las cosas bien, si interpretamos adecuadamente y con audacia la demanda de cambio existente en la sociedad chilena, podemos demostrar que Chile no está condenado a Lavín ni a ser el terreno de aplicación de lo que un importante dirigente de ese propio sector definió no como un proyecto para Chile sino como “un gran proyecto de denominación”.