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Carta Abierta a los Socialistas


En pocos días más los socialistas debemos elegir una nueva dirección que deberá enfrentar tareas particularmente complejas:  un apoyo más eficaz al gobierno del Presidente Lagos en la segunda mitad de su período, la elección municipal del 2004 y luego las parlamentarias y presidenciales del 2005.

 

Para sacar adelante estas tareas hay que desplegar un enorme esfuerzo.  Dejar de lado un cierto derrotismo e interpretar cabalmente a esa mayoría nacional que desea fervientemente el éxito de este gobierno, que entiende que faltan muchas cosas, que hay que rectificar profundamente en varios planos pero que, sobre todo, sabe que hay que apoyar y no dejar solo al Presidente.

 

Esto es lo que se juega el 18 de mayo.  Necesitamos una dirección que con convicción, inteligencia y nuevos bríos saque al Partido de su actual estancamiento.  Una dirección que supere definitivamente viejos alineamientos del pasado que constituyen un lastre para enfrentar los desafíos del futuro.  Una dirección con ideas, con ganas y prestancia para hacer oír con fuerza nuestra voz cuantas veces sea necesario.

 

Acabamos de cumplir 70 años ricos en luchas y conquistas sociales, pero también abundantes en conflictos, divisiones, frustraciones y grandes dolores.  Pero no es tiempo de balances.  Las exigencias del tiempo presente son demasiado apremiantes.  Digamos simplemente que aquí estamos, que no pudieron destruirnos, que sobrevivimos en condiciones extremadamente difíciles.  Que tenemos un importante legado que viene desde los fundadores, pasando por Eugenio González, Salomón Corvalán, Raúl Ampuero, Laura Allende, Aniceto Rodríguez, Carlos Briones y Clodomiro Almeyda hasta el más grande de todos:  Salvador Allende.  Digamos también que el Partido Socialista, con todas sus limitaciones, ha sido el principal espacio de recomposición de la izquierda chilena con posterioridad al golpe del 73.  En el PS han convergido sobrevivientes del MIR, militantes del MAPU, del MOC, de la IC, disidentes del Partido Comunista y de otras fuerzas.

 

Y digamos especialmente que no hemos sobrevivido para limitarnos a hacer hora administrando el presente.  No,  sobrevivimos para cambiar las cosas.

 

Y eso es lo que hemos estado haciendo.  Llevamos 13 años participando de un proceso de transición complejo y a menudo farragoso.    Con avances, pero también con retrocesos e intrincadas negociaciones no siempre bien conducidas y mejor explicadas.  Mucho se puede discutir acerca de nuestra peculiar y todavía inacabada transición y ojalá que podamos hacerlo pronto con el rigor requerido.  Pero hay algo que está fuera de duda:  El Chile de la democracia es infinitamente mejor que el Chile de la dictadura.  Por donde se lo mire.  Es por eso que no debemos dejarnos atropellar y defender con orgullo todo lo bueno realizado.

 

Pero afirmemos también con fuerza que nuestro Chile puede ser mucho mejor, que hay demasiadas cosas que no nos gustan y que derechamente queremos cambiar.  Queremos una democracia en serio, sin resabios autoritarios ni cartas marcadas, con espacios de participación social hoy día inexistentes y un sistema de gobierno que permita la recomposición de instituciones tan fundamentales para la democracia como el Congreso Nacional y los partidos políticos, en la actualidad gravemente debilitados.

 

Queremos también un Chile más tolerante, con más franqueza y menos doble discurso.  Un Chile en donde florezcan las libertades –no sólo las económicas- y se cultive el gusto por lo diverso.

 

Queremos sobre todo un chile menos injusto, sin tanta desigualdad y egoísmo de los que más tienen.  Un Chile en donde se universalicen los servicios públicos, en donde la salud, la educación o la previsión de calidad dejen de ser el privilegio de unos pocos.  Eso es lo que queremos y en esa dirección continuaremos luchando, aunque nos demoremos décadas en conseguirlo.

 

Enfrentamos en la actualidad un momento crítico.  Es como si todas nuestras deficiencias, limitaciones, defectos y pequeñas miserias hubieran convergido en forma simultánea para crear un cuadro extremadamente delicado.  No faltan hoy día los que se han declarado de antemano derrotados y deambulan, algunos abatidos, otros ventilando a los cuatro vientos su cólera y resentimiento.

 

Nada de eso nos sirve.  Estamos en plena batalla.  Tenemos tres años de gobierno por delante y si somos capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos, podemos contribuir sustantivamente a realizar un buen gobierno.  Esto es posible y la agenda necesaria para ello no hay que inventarla; en lo fundamental está determinada.  Hay que dinamizar la economía dotando al país de una estrategia de desarrollo que de toda evidencia nos hace falta para complementar la política macroeconómica.  Hay que potenciar y darle alma al tremendo esfuerzo financiero involucrado en la reforma de la educación.  Hay que garantizar que la llegada a las grandes ciudades de la reforma de la justicia haga carne en los pobres una idea enteramente revolucionaria: que la justicia también puede ser para ellos.

 

Debemos materializar con fuerza y decisión los compromisos establecidos en la agenda de probidad, transparencia y modernización del Estado.  En fin, tenemos que sacar, cueste lo que cueste, una reforma de la salud, quizás más modesta, pero que demuestre nuestra voluntad de hacer de la salud un derecho ciudadano más que un negocio o un privilegio para algunos pocos.

 

La suerte de esta agenda, su mayor o menor materialización, definirá el balance final del gobierno del Presidente Lagos y condicionará, indefectiblemente, nuestras propias perspectivas, de un modo que sabemos, sin embargo, asimétrico.  Si al gobierno no le va bien, portaremos ese estigma quién sabe por cuántos años.  Pero, sabemos también que el éxito del gobierno no asegura automáticamente nuestra proyección.  Un buen gobierno es condición necesaria, pero no suficiente.  La diferencia depende enteramente de nosotros.

 

Tenemos, en consecuencia, un tremendo desafío.  Lo he dicho otras veces y lo vuelvo a repetir:  en Chile sobra derecha y falta izquierda y ésta es una responsabilidad esencialmente nuestra.  De todos. 

 

Hay que romper definitivamente con una tendencia a mirar en menos el trabajo partidario, usándolo como trampolín para otros propósitos.  La reconstrucción partidaria debe estar en el centro de nuestras preocupaciones.  Hay que terminar con una historia de tendencias y fraccionamientos que han perdido toda significación de cara a los desafíos del tiempo presente.  Hay que recrear la fraternidad interna.  Debemos discutir, intensamente si es necesario, pero dejando de lado la descalificación y el maltrato que se han vuelto prácticas demasiado recurrentes.  Hay que sustituir el culto del jefe por el trabajo en equipo.  Hay que apostar al partido, abrirlo, reconvocar  a tantos que nos miran con indiferencia o desilusión, pero quieren volver a creer.

 

Si nos lo proponemos, si retomamos ese espíritu de finales de los ochenta que nutrió el proceso de convergencia e integración podemos aspirar a hacer del socialismo y del progresismo la primera fuerza política del país.  Pero para esto hay que trabajar duro.  Esta es la única manera de parar a la derecha y poner en su lugar a una dirección demócrata cristiana  más interesada en su perfilamiento propio que en el éxito de nuestro gobierno.

 

Lo único que nos puede sacar del difícil trance actual es un esfuerzo masivo de recomposición del socialismo, la izquierda y el progresismo.  Más que un eventual 15% del PS interesa que nuestro mundo supere el 30%.  Así nos constituiremos en un sólido soporte al gobierno del Presidente Lagos, podremos abrir nuevas perspectivas de victoria a uno o una de los nuestros en una Primaria de la Concertación para definir el candidato presidencial disputando palmo a palmo con la derecha y constituyéndonos más allá del resultado presidencial en la primera fuerza parlamentaria del país.

 

El proyecto es ambicioso y su realización supone el cumplimiento de requisitos exigentes.

 

Mientras mayor sea la distancia de la mesa de Zaldívar respecto del gobierno mayor debe ser nuestro esfuerzo para apoyar a Lagos.  En esto no hay que equivocarse.  Tenemos una tremenda responsabilidad política y ética con el Presidente Lagos y es evidente que la mayoría del país entiende la magnitud de las dificultades que éste ha debido enfrentar y desea de todo corazón que le vaya bien.  Bajo ningún concepto podemos ser percibidos como un obstáculo para el éxito del gobierno.  Si la dirección demócrata cristiana continúa privilegiando sus intereses particulares debilitando aún más las disciplinas y las lealtades al interior de la Concertación, terminará pagando un alto costo frente a la ciudadanía.

 

Lo anterior no implica, en absoluto, una relación de incondicionalidad ni menos de obsecuencia con el gobierno.  Confundir eso con la lealtad constituye un grave error.  Con el gobierno hay que convenir una nueva relación, más madura pero también más equilibrada.  La responsabilidad esencial del gobierno es gobernar y gobernar bien.  Las facultades presidenciales hay que respetarlas escrupulosamente, independientemente de las serias críticas que a uno le merezca el presidencialismo exacerbado, heredado de la historia, reforzado por la Constitución del 80 y al cual los gobiernos de la Concertación han terminado, desgraciadamente, acomodándose.

 

La idea es simple: comprometamos con total lealtad nuestro apoyo a todos los proyectos prioritarios de gobierno de aquí hasta el último día de su mandato.  Pero así como debemos respaldar lealmente al gobierno y no interferir en el ejercicio de las facultades  presidenciales, debemos reivindicar con mucha energía nuestra independencia para plantear nuestras ideas y propuestas más allá de la agenda gubernamental.  Ni por un minuto podemos olvidar que los gobiernos pasan y que nuestra obligación es construir una fuerza capaz de asegurar la proyección de nuestras ideas, ya sea desde un nuevo gobierno, ya sea desde una sólida oposición.

 

Es fundamental que seamos capaces de volver a hacer lo que siempre hicimos.  Retornar al trabajo en los frentes sociales.  Salir de tanta burocracia y cargos públicos.  Fortalecernos en el movimiento sindical, en la organización poblacional, en las universidades, en los campos, en los diversos frentes profesionales.

 

Necesitamos, sobre todo, recuperar el orgullo por nuestras ideas.  Tuve hace pocos días ocasión de participar en un debate en Valdivia con Adolfo Zaldívar y Pablo Longueira.  Y pregúntenle a los asistentes: una gran mayoría sintió que nuestras ideas tienen fuerza, suenan francas y claramente son las que mejor pueden interpretar los deseos de progreso y justicia que perduran en nuestro pueblo.  Y sentí una gran emoción cuando los camaradas presentes en el debate me dijeron que se sentían orgullosos de ser socialistas y de izquierda.

 

Se equivocan completamente quienes apuestan a la pérdida de vigencia de nuestras ideas.  El socialismo continúa siendo una idea hermosa plenamente actual, en la búsqueda de un orden superior.  De un orden capaz de superar la pobreza, las desigualdades y los privilegios que son hoy día moneda corriente en Chile y el mundo.

 

Nuestras ideas representan lo mejor de nosotros mismos.  En ellas debemos confiar para generar un nuevo espíritu y una nueva dinámica que nos saquen del derrotismo y el arrinconamiento.

 

Esta es la condición para reconstituir frente a la ciudadanía la percepción de que somos una fuerza de cambio, que el ejercicio del poder no nos ha transformado en una fuerza conservadora, dominada por la fatiga y la pérdida de ideales.

 

Rectifiquemos todo lo que tengamos que rectificar.  Practiquemos a fondo, sin contemplaciones, la crítica y la autocrítica.  Pero hagámoslo en buena lid, sin perder por un minuto de vista que enfrentamos poderosos adversarios que lo que más quieren es vernos temerosos, enrabiados, y a fin de cuentas, derrotados.

 

El socialismo no puede ser una fuerza puramente contestataria.  Requeriremos un socialismo esencialmente orientado hacia la acción.  Ese es el instrumento que necesita una amplia mayoría nacional que se enfrenta a diario con la soberbia y la prepotencia de los poderosos.  Ellos siempre tendrán una buena razón para no ser solidarios y abogarán permanentemente por el debilitamiento del Estado.  En esto confirman una ley universal: a los poderosos no les gusta la existencia de un Estado fuerte que ponga límites a sus privilegios.

 

Por el contrario, los socialistas queremos un Estado fuerte junto a una sociedad también fuerte, con amplios espacios de participación que le transmitan energía al funcionamiento de la democracia.

 

Ese es el Chile con el cual soñamos y para hacerlo realidad debemos contar con un partido sólido, fraterno, abierto y dispuesto a entregar lo mejor de sí mismo a la lucha por construir un Chile mejor.