Por regla general, toda elección presidencial entraña una promesa de cambios mayores. Claramente, así ha sido en la historia de Chile en los últimos cincuenta años. Con sus peculiares registros todos quienes han gobernado el país en este período, llegaron al poder –-incluido Pinochet- impulsados, para bien o para mal, por poderosas demandas de transformación. La excepción, que no hace más que confirmar la regla, fue el Presidente Frei Ruiz-Tagle, electo con una altísima votación, proponiendo una oferta esencial e inteligentemente continuista respecto del primer Gobierno de la Concertación, encabezado por Patricio Aylwin. La elección de Michelle Bachelet no se sustrae a esta regla. Muy por el contrario, ella llega al Gobierno en medio de enormes expectativas que resultan de una multiplicidad de factores objetivos y también subjetivos. La primera mujer Presidenta; la candidata de la ciudadanía en oposición a las élites y el triunfo de la espontaneidad sobre la planificación de largo aliento, son algunos de los rasgos distintivos de quien viene de ser electa con una muy contundente mayoría para encabezar los destinos del país. Sin lugar a dudas, con el Presidente Lagos se cerró un largo ciclo que duró ni más ni menos que 33 años. Casi como si se hubiese tratado de una profecía bíblica, los 17 años de dictadura debieron repararse con 16 años de transición a la democracia. Con Michelle Bachelet se abre un nuevo ciclo. De allí las oportunidades que se le presentan y también …los riesgos y amenazas si las expectativas generadas no consiguen, en medida razonable, materializarse. Percibo cinco desafíos tan sustantivos como ineludibles, que deberán ser enfrentados en este nuevo período. En primer lugar, el fortalecimiento social o ciudadano de un sistema político, que a pesar de su corta existencia, muestra signos claros de fatiga y envejecimiento. Las nuevas reformas políticas, destinadas a abrir canales de participación que aporten nuevas energías a nuestra democracia, debieran estar en el centro del quehacer político-legislativo del período que recién comienza. Asimismo, es evidente que la necesidad de un salto cualitativo en materia de protección social con su correspondiente financiamiento, estará también en el centro de la agenda. La lucha contra las desigualdades, tan denunciada durante esta larga campaña, debe necesariamente traducirse en progresos concretos. Más y mejor trabajo; trabajo decente; dignificación del trabajo, como quiera llamársele, debiera figurar entre las primeras prioridades. No es irrelevante que el trabajo y los trabajadores haya jugado un papel central en los debates de la recta final. Aunque el escenario a corto plazo se presenta auspicioso, los déficits de innovación tecnológica y el atraso cambiario, obligarán a prestar una gran atención a la sustentación del dinamismo económico y la competitividad internacional. Y, por último, aunque no menos crucial, el Gobierno de Michelle Bachelet se verá confrontado a la necesidad de introducir nuevos énfasis en materia de política internacional, para responder, muy especialmente, a las nuevas posibilidades que se abren en nuestro entorno regional más cercano. Vasto y exigente programa para un Gobierno de sólo cuatro años que deberá movilizar las mejores energías de todas las fuerzas de progreso. |