Quisiera antes que nada, agradecer a los senadores de la Concertación por la confianza que han depositado en mí para ejercer durante el año legislativo que recién comienza,
Tengan ustedes mi palabra que haré todo lo que esté a mi alcance para cumplir de la mejor manera esta tarea, trabajando naturalmente codo a codo con el Senador Eduardo Frei Ruiz – Tagle, actual Presidente del Senado. Expreso desde ya mi disposición para mantener una relación lo más fluida posible con todas las bancadas de la Concertación y también de la Oposición.
El hecho de no haber tenido los votos de los senadores de la Alianza, no significa que no deba hacer los mayores esfuerzos para representar institucionalmente al conjunto de los senadores y senadoras.
Al inicio de la transición, el que un socialista pudiera ser parte de la testera del Senado, constituía un hecho excepcional. En efecto, los precedentes eran pocos; históricamente sólo dos: Salvador Allende entre 1951 y 1955 y luego Carlos Alberto Martínez en 1958. Tras el restablecimiento de la democracia en nuestro país, han ejercido
Ahora bien, el hecho de ser parte de cierta normalidad no significa que uno deba caer en la rutina o en la banalización en el desempeño de sus funciones. De todos modos hay que subrayar la significación de que un sector político como el que yo represento, que fue tan duramente perseguido y reprimido sea hoy día parte de la normalidad. Pero igual quiero reiterar que no se trata de acceder a estas funciones por el simple hecho de hacerlo. Lo importante es que sean puestas al servicio de ideas, causas y tareas que nos trasciendan individualmente. En ese sentido, siento que esta responsabilidad tiene que enmarcarse en el cuadro de los enormes desafíos que el país tiene hoy día planteados en los más diversos ámbitos.
Es ya prácticamente un lugar común señalar que la política vive tiempos difíciles. Yo creo que, derechamente, la política se encuentra en un muy difícil trance. El reconocimiento de este hecho es el punto de partida de cualquier diagnóstico lúcido que pueda sustentar tareas de envergadura. Si no asumimos la realidad tal cual es, estaremos condenados a estrellarnos permanentemente en contra de ella. Y el resultado perfectamente anticipable: una creciente intrascendencia.
En relación con la crisis de la política, permítanme una pequeña reflexión. Se vive hoy día en el mundo una tremenda contradicción que no admite soluciones fáciles. Por una parte, asistimos a la afirmación universal de la democracia como el régimen que los ciudadanos consideran el más adecuado para organizar su convivencia, y por la otra, estos mismos ciudadanos han sometido a las principales instituciones de la democracia, como el Congreso y los partidos políticos, a una crítica implacable y a menudo demoledora.
Como lo ha demostrado muy sólidamente el cientista político francés Pierre Rossanvallon, esta contradicción no es esencialmente nueva. Contrariamente a los que algunos señalan, no es tampoco específica de la globalización. Históricamente la democracia siempre se ha vivido en una doble dimensión: como promesa, pero siempre también como problema. Quizá lo propio de la situación actual es la tendencia a que se profundice la disociación entre la legitimidad y
Si bien la erosión de las instituciones y de la política es un fenómeno general, este adquiere caracteres mucho más graves en países como los nuestros, en donde hay todavía tantas tareas pendientes: asegurar el dinamismo económico; luchar en serio en contra de las desigualdades; enfrentar los fenómenos de corrupción; construir diques sólidos en contra de la intolerancia y velar para que la acción pública sea cada vez más transparente. En estos desafíos el Congreso, la institución democrática por excelencia, tiene un importante papel que jugar.
Siento que hay tareas comunes que debiéramos enfrentar el conjunto de las bancadas porque dicen relación con el interés general de Chile.
Quiero personalmente comprometerme a ayudar a hacer más eficiente el funcionamiento de nuestro Senado, garantizando un buen uso de los recursos que se ponen a nuestra disposición, a continuar avanzando en la dirección de una mayor transparencia de nuestras actividades y a generar una relación lo más estrecha y fluida con
Creo también fundamental desarrollar todas las acciones que nos permitan estrechar más aún las relaciones con otros congresos, particularmente los de América Latina, región que hoy día presenta un alto grado de efervescencia.
Estimados colegas: Me interesa muy especialmente contribuir a mejorar la calidad de nuestro debate, poniendo siempre por delante los argumentos y no las descalificaciones. Y reconozcámoslo con franqueza, el debate que venimos protagonizando durante el último tiempo tiene mucho de acidez y estridencia y poco de sustancia y sentido de futuro. Chile, país pequeño en el contexto internacional, tiene que definir con mucha inteligencia las políticas públicas que hagan posible una cada vez mayor cohesión social en un mundo en donde los factores básicos son la democracia, el mercado y la globalización.
Personalmente, me asiste la convicción, desde hace ya mucho tiempo, que a fin de cuentas el problema esencial de Chile tiene que ver con la política y las imperfecciones en su funcionamiento. Si históricamente mucho se habló de la contradicción entre un desarrollo político aceptable y el sub desarrollo económico, hoy día la situación pareciera invertirse. Estoy convencido que si no mejoramos la calidad de la política y la percepción de la ciudadanía sobre nuestras instituciones, no vamos a poder resolver con éxito ninguno de los grandes desafíos que la gente vive como sus principales problemas cotidianos. Esto, porque en democracia la política es el principal instrumento de transformación.
Quiero afirmar, al finalizar estas palabras, que voy a ser un gran defensor de los fueros y prerrogativas del Senado. Soy, por cierto, Senador socialista y de la Concertación, y apoyaré lealmente las iniciativas gubernamentales, pero esto no implica situarse en una condición de subordinación. Por el contrario, me interesa sobremanera contribuir, auque sea modestamente, a valorizar la actividad parlamentaria frente a la ciudadanía y para eso es imprescindible poner por delante la defensa de nuestras facultades y nuestra dignidad.
En este sentido, quisiera también ayudar para que el mayor número de mociones parlamentarias puedan ser tramitadas y transformadas en ley. A su vez, voy a proponer una reforma, que espero cuente con un apoyo muy mayoritario de ustedes, que establezca que la promulgación de toda ley que haya tenido su origen en una moción parlamentaria, deba ser hecha en las dependencias del Congreso Nacional, de manera de dejar claramente establecido frente a la ciudadanía el aporte del Parlamento.
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