EL SOCIALISMO: UN CONSTRUCTOR RELEVANTE DEL FUTURO
Todos los Congresos son muy importantes pero el próximo será decisivo. Hacía muchos años que el socialismo chileno no enfrentaba una situación tan compleja ni desafíos de tanta envergadura. Las decisiones que se adopten en el próximo Congreso General Ordinario Salvador Allende y la nueva dirección que surgirá luego del proceso electoral posterior marcarán de manera determinante nuestro futuro por un muy largo período de tiempo. La ligereza, la banalidad o la simplificación de nuestros análisis y posturas pueden conducirnos a graves derrotas no sólo electorales sino que también políticas y estratégicas. En sentido inverso, asumiendo todas las dificultades, si somos capaces de sintonizar de manera franca con el sentir popular, asumiendo la representación amplia y efectiva de los intereses y aspiraciones de las grandes mayorías ciudadanas, podremos contribuir al éxito del gobierno encabezado por la Presidenta Bachelet y, cuestión crucial, asegurar la proyección del socialismo y de la izquierda como actores relevantes del futuro.
Y no hay margen para equivocarse. Estamos en un punto en donde los errores se pagan extremadamente caros. Cuatro gobiernos consecutivos y 18 años de ejercicio del gobierno, junto a realizaciones que han cambiado la cara de Chile, han acumulado un conjunto también amplio de usura, desgaste y frustraciones que nos ponen permanentemente en tela de juicio. Podrá no gustarnos pero esa es la realidad. Sin duda, estamos en presencia de una ciudadanía más exigente y menos tolerante frente a nuestros temores, insuficiencias e incapacidades. Más aún, enfrentamos una verdadera paradoja: producto de nuestra propia acción hemos generado una nueva ciudadanía que, a pesar de su condición de hija de las políticas públicas puestas en práctica en democracia, tenemos crecientes dificultades para expresar culturalmente y representar políticamente.
Por otra parte, no podemos eludir la existencia de los obstáculos propios de la época que vivimos. A diferencia de lo que ocurría durante el siglo XIX y buena parte del siglo XX, en la actualidad operan fuertes tendencias a la fragmentación de la sociedad y a la descomposición y desagregación de los intereses colectivos. De hecho, el sistema opera produciendo en las conciencias individuales una fuerte disociación entre el éxito personal y el avance colectivo. Por momentos, pareciera que las relaciones sociales van siendo sustituidas por un conjunto de transacciones cada vez más amplias, variadas e impersonales. En este cuadro, son muchos los ámbitos en los cuales la solidaridad y la fraternidad van siendo sustituidos por prácticas crecientemente competitivas y ásperas. De este modo, adquieren un protagonismo a menudo avasallador los éxitos individuales, al paso que las instituciones conocen un paulatino debilitamiento cuando no una franca decadencia. La dinámica en curso es en extremo delicada. En más de un sentido, es la propia democracia la que está directa o indirectamente en cuestión. Cuando se exacerban los derechos individuales, son finalmente los derechos colectivos los que terminan amenazados. Cuando se reduce el ciudadano a su condición de consumidor, se vulnera, como se ha dicho tantas veces, la igualdad consustancial a la democracia. Bajo nuevas formas, junto a la primacía del mercado, reemerge una plutocracia que muchos, erróneamente, habían creído superada por el devenir del progreso y las conquistas democráticas.
Esta nueva cultura del capitalismo en palabras de Richard Sennet, hace aún más difícil el desarrollo de la causa progresista. Nuestros valores de siempre como la solidaridad y la acción colectiva se sitúan en las antípodas de las tendencias que aparecen como hegemónicas en este mundo de comienzos del siglo XXI.
Nuestra lucha se hace por cierto más difícil, pero en ningún caso innecesaria ni menos inútil. Al mismo tiempo que debemos enfrentarnos al predominio de las distintas formas de individualismo y de egoísmo en sus versiones más brutales, debemos ser capaces de ponerles coto a las manifestaciones de resignación, acomodo y derrota que anidan en nuestro propio seno.
Es en este cuadro mundial y nacional, sin dudas muy groseramente bosquejado, en el que deben situarse las deliberaciones de nuestro próximo Congreso. Contrariamente a algunas voces que se escuchan en la cúpula del socialismo, este no puede ser considerado como un trámite, como un evento más, como un ejercicio ritual por el cual es preciso pasar pero que en definitiva no es trascendente porque, de acuerdo a esas visiones, las decisiones más fundamentales no pueden quedar libradas a colectivos amplios de los cuales nada bueno se puede esperar.
No comparto en absoluto esa visión elitista que tanto daño nos ha hecho. El Congreso debe ser un gran momento de deliberación colectiva, una gran oportunidad para que se expresen la experiencia y la inteligencia acumulada durante décadas de luchas. A riesgo de ser ingenuo, espero mucho de este Congreso. Al pragmatismo estrecho que a veces se apodera de nuestras prácticas y decisiones, debemos oponer el derecho a plantear con fuerza nuestros anhelos y convicciones. Con los pies en la tierra, con la cabeza lúcida pero el corazón siempre bien puesto.
II
¿QUÉ DEBEMOS ESPERAR DEL PRÓXIMO CONGRESO?
Lo vuelvo a repetir: mucho. El Socialismo no es una fuerza política más. Somos sobrevivientes de una gran tragedia. Somos la expresión más desarrollada de la reconstrucción de la izquierda con posterioridad al golpe militar. Somos simultáneamente la promesa y el proyecto de construcción de una casa común de la izquierda y las fuerzas progresistas. Esta es la razón por la cual, a pesar de todas sus precariedades, el socialismo ha podido ser un actor relevante del quehacer nacional. Por eso, nuestro destino no puede ser el de la simple instalación en la administración del poder. El acomodo que practican algunos equivale a un notable abandono de nuestros deberes. Nuestra razón de ser es indisociable de la condición de conciencia crítica de la sociedad.
En consecuencia, frente a la pregunta de a qué aspirar en este Congreso, mi respuesta es clara: debemos producir, como fruto del debate, una definición nítida, sin ambigüedades, de un camino que nos permita, desde los desafíos del tiempo presente, abrir nuevos espacios a la transformación de un orden social que, a pesar de los esfuerzos desplegados durante estos años, tiene como impronta fundamental, la reproducción de las desigualdades y la mantención de múltiples privilegios.
En consecuencia, debemos aspirar a que en este Congreso se reafirme con fuerza:
i) Nuestra condición de partido de izquierda.
ii) La validez del socialismo como práctica destinada a la construcción de un orden social superior.
iii) La necesidad de reimpulsar el entendimiento estratégico entre el Centro y la Izquierda en torno a un nuevo proyecto que se haga cargo de los déficits de lo hasta ahora realizado.
iv) Nuestra convicción de que la derecha política del país no tiene las condiciones para encabezar ningún proyecto de progreso y cambio sustantivo y que su existencia es finalmente indisoluble de la defensa de las desigualdades y privilegios.
v) El apoyo al gobierno que encabeza la Presidenta Bachelet, poniendo al mismo tiempo, todo nuestro empeño para producir importantes rectificaciones en algunas áreas claves de la gestión gubernamental.
vi) El compromiso con el engrandecimiento y la reforma del partido introduciendo en su interior y en todos los niveles las rectificaciones necesarias para superar un estilo burocrático y excluyente que está a la base de nuestro estancamiento y
vii) Nuestra decisión de poner siempre por delante la democracia y la participación en las decisiones que próximamente deberemos adoptar en materia municipal, parlamentaria y presidencial.
La tarea no es simple. La nuestra es parte de la búsqueda en la cual están enfrascadas todas las izquierdas y fuerzas progresistas a nivel global. Manifiestamente no somos una isla. Formamos parte de una corriente mundial de pensamiento y acción política. No venimos de la nada. Somos depositarios de una gran historia que más allá de sus limitaciones e incluso miserias, tiene mucho de la cual sentirse orgullosa. Por eso hemos podido sobrevivir. De otra forma, hace ya mucho tiempo que habríamos sido sepultados por la historia.