El señor FREI, don Eduardo (Presidente).- Tiene la palabra el Honorable señor Gazmuri
El señor GAZMURI.- Señor Presidente, voy a votar a favor del proyecto, porque efectivamente ayuda a resolver problemas.
Me parece curiosa tanta crítica al establecimiento de algún sistema de control respecto del aporte de fondos públicos. Creo que es elemental que exista. Se podrá discutir, quizás, la modalidad –no sé si conviene más una cuenta diaria o una semanal, en fin-, pero es algo que podemos ver en el debate en particular. Mas una suerte de control de calidad sobre los aportes públicos me parece que es un principio fundamental en cualquier sistema educativo razonable.
En seguida, me sumo a las voces que se han alzado aquí en el sentido de que tiene que haber una consideración especial respecto de las escuelas con población vulnerable en zonas rurales.
Efectivamente, la ruralidad establece un diferencial. Y, en esos lugares, la manera de medir el rendimiento por la vía de la asistencia introduce un factor de distorsión y de desigualdad de la población local, en relación con la urbana. Ello puede significar que, finalmente, terminemos acentuando la tendencia que advierto en forma clara en
Mi reflexión más general tiene que ver con que no por casualidad el debate del proyecto se ha centrado en los temas más de fondo del sistema educacional.
Creo que la iniciativa no resuelve, en verdad, los asuntos que aquí se han planteado. Y, por tanto, lo que debemos generar -ya se ha avanzado algo al respecto- es un debate muy a fondo acerca de cuáles son las reformas también muy estructurales de la educación.
En su doble dimensión, se suscita toda una cuestión con la calidad de esta última, respecto de lo cual no quisiera hoy día extenderme particularmente. Pero junto con ello se plantea lo de la equidad, en la medida en que la educación puede constituirse en un elemento que disminuya los grados intolerables de desigualdad que presenta todavía nuestra sociedad.
Lo que cabe consignar es que sin modificaciones muy de fondo ello no va a ocurrir, porque nuestro sistema escolar reproduce, de manera exacta y casi mecánica, las desigualdades sociales. Y está lleno de mecanismos que acentúan esa tendencia, como la división espacial en nuestras grandes ciudades. Es lo que estamos viendo hoy a raíz del Transantiago.
En los últimos 20 ó 30 años, de manera particular, hemos vivido un proceso de segregación territorial brutal: barrios de pobres, barrios de clase media, barrios de ricos. Eso no es así en todas las urbes del mundo.
Y también se han mantenido las desigualdades de los ingresos, las cuales, a pesar de todos los esfuerzos de los gobiernos de
Y tenemos un sistema educacional que reproduce la desigualdad, porque hay escuelas municipalizadas donde asisten los más pobres entre los pobres. Dentro de ellas existen modalidades de copago y no copago, lo que constituye un elemento tremendamente diferenciador, porque algunas familias pueden pagar un poco más y otras no. Normalmente, las más vulnerables son las que no pueden hacerlo y las que disponen de menos capital social. De modo que vamos generando escuelas de los más vulnerables.
En cuanto al sistema subvencionado particular, estoy de acuerdo con lo que se ha dicho aquí. En principio, no soy contrario a la existencia de sostenedores particulares. Pero éstos no se hallan sujetos a las mismas normas de la educación pública. En efecto, obtienen ventajas desde el momento en que seleccionan y, por tanto, discriminan; en que no están sujetos al Estatuto Docente y, por tanto, enfrentan un costo laboral distinto; en que aplican diferentes formas de copago y, por tanto, eligen socialmente.
Y el sistema privado no tiene subvención y reproduce por completo la desigualdad.
Entonces, existen tantos sistemas escolares y tipos de escuelas como segmentos entre los sectores pobres, medios y altos. Y ello se reproduce.
¿Cómo se enfrenta tal hecho? Porque, si ésa es la cuestión, debemos enfrentarla en su conjunto. Al respecto, observo mucho alegato en el diagnóstico, pero, si se apunta a las soluciones,...
Primero, se debe fortalecer un sistema público, financiado por el Estado, con sostenedores que no persigan fines de lucro, que se hallen sujetos a las mismas condiciones y con subvenciones sustantivamente más altas que las actuales. Así lo señala el Consejo que estudió la reforma. No hay dos opiniones al respecto. Es preciso mejorar la gestión, es preciso mejorar la calidad de la educación, etcétera.
Pero no vamos a contar con una educación pública mínimamente competitiva -se dice en todo el mundo- sin una subvención mensual de unos 70 mil pesos para todos los que necesitan recurrir a ese sistema. De lo contrario, se tratará de puros discursos. Porque los colegios subvencionados están en un nivel y los privados, entre 150 mil y 300 mil pesos, en circunstancias de que son los hogares donde se registra más capital social.
Se ha suscitado todo un debate en cuanto al resultado, es decir, cuánto corresponde al capital cultural y cuánto a la enseñanza. Y entre los educadores existen teorías. Algunos afirman que 80 por ciento del rendimiento se debe sólo al capital social. Sería terrible si fuera así. Otros sostienen que es menos. Pero lo cierto es que el capital cultural es un elemento fundamental que explica el rendimiento.
No hay ningún país en el mundo donde la educación haya sido un instrumento real de igualación social en que ésta no sea pública, por lo menos la primaria y la secundaria. ¡Ninguno!
El sistema estadounidense es distinto, pero tiene muchos mecanismos de corrección. No por casualidad es una de las sociedades más desiguales dentro de las pertenecientes al capitalismo desarrollado.
Lo que señalo es lo que ocurre en España, en Francia, en Alemania y en Holanda, con distintos modos de gestión.
En Holanda, por ejemplo, la gestión está básicamente radicada en las comunidades escolares y municipales. Pero el sistema es único, al igual que el financiamiento. No funcionan escuelas para unos o para otros. Y operan, obviamente, mecanismos de control de calidad y competencia.
En países asiáticos como Corea del Sur, Malasia y otros, que tanto se observan hoy día y que han causado tremendos impactos en el desarrollo social, económico y tecnológico, todo es público. Y existe un margen de educación privada. Porque, de lo contrario, la educación no es un instrumento de igualación. Sobre ello no hay vías intermedias, no hay escapes posibles. Es de una u otra manera.
Entonces, la cuestión radica en cómo efectuar un gran debate y construir los acuerdos necesarios. De otro modo, no cabe hablar en serio de hacer de la educación un instrumento de igualación. A los muchachos de escuelas pobres, cuando terminan su enseñanza -y la escuela ha sido de mejor calidad y ha recibido los 46 mil pesos-, les va a ir mejor en la vida que si no hubieran asistido a ella, pero van a seguir en el nivel más bajo de la estratificación social y no van a formar parte de la elite ni empresarial, ni política, ni científica, ni profesional, cosa que sí ocurre en las otras naciones.
En Alemania, uno de cada tres miembros del sector más alto proviene del más bajo. Es una elite distinta a la nuestra. No se repiten las familias, los apellidos, las amistades y los barrios. Ello, ¿por qué? Porque, efectivamente, la educación es un factor de igualación. Allá no existen escuelas para ricos. Si éstos desean asistir a un colegio especial, deben ir a Suiza. Algunos alemanes igual lo hacen, pero no existen -repito- escuelas para ricos. Y tampoco las hay en Malasia ni en Corea del Sur. En tal caso, la educación es realmente un factor de igualación.
Sé que éste es un tema difícil y duro. Porque si deseamos una subvención de 70 mil pesos bien administrada, sucede -lo señalan los técnicos- que, con el tamaño del gasto público actual y del Estado, no se da. Ello es obvio.
Entonces, debemos remitirnos a los 46 mil pesos para los más pobres. Y los demás se quedan en los 30 mil pesos. Pero todos dicen que sin 70 mil pesos no se puede competir. Para llegar a este último monto se requiere un gran acuerdo nacional.
Y no es como lo expresa el Senador señor Coloma. No se pueden gastar los 10 mil millones de dólares que nos sobran ahora, porque mañana puede bajar el cobre y faltar esos recursos. Es preciso generar una estructura tributaria permanente que garantice que efectivamente se va a poder disponer de una subvención de 70 mil pesos con el cobre tanto a 3 dólares como a 0,99 centavos de dólar la libra, precio registrado en los últimos treinta años. Pero no puede armarse un sistema que sólo se sostiene con el cobre a 2,9 dólares la libra. La cuestión demanda una estructura tributaria distinta.
Si vamos a discutir sobre la igualdad de oportunidades, debemos tratar estos otros temas. Porque, si no, realizaremos un debate circular, en el que expresaremos que estamos de acuerdo con los propósitos perseguidos. Y creo que ello es sincero. Es algo que constituye un avance. Cuando todos manifestamos querer que la educación sea un instrumento que combata la extrema desigualdad social existente en Chile, esa afirmación es muy importante, pero se debe traducir en políticas que efectivamente la lleven a cabo.
Espero que el gran debate iniciado con la movilización estudiantil del año pasado podamos hacerlo madurar en una discusión en la que abordemos los temas de fondo mencionados.
Para terminar, quiero decir que lo que he escuchado aquí me da por lo menos la esperanza de que abriguemos propósitos comunes. Tengo, sí, la duda de si seremos capaces de dotarlos de instrumentos de política y de esfuerzo nacional que efectivamente permitan que los deseos se hagan realidad y no se reduzcan puramente a frases de discursos.
Gracias.
|