El señor OMINAMI (Vicepresidente).- Tiene la palabra el Senador señor Gazmuri.
El señor GAZMURI.- Señor Presidente, en primer lugar, quiero felicitar a la Comisión de Educación y a cada uno de sus integrantes por haber promovido la labor que se realizó y haber presentado un informe al Senado.
Espero que en próximas ocasiones tengamos mayor éxito de convocatoria, dada la importancia del tema. Creo que este trabajo es una buena base para profundizar una discusión que considero muy pertinente por el significado que reviste la televisión, además de ser muy oportuna.
En cuanto al proceso de digitalización que viene, ya tuvimos una primera reunión, a la que fuimos invitados por Su Señoría, para conocer algunos aspectos y desafíos que en ese sentido enfrentará el país. Creo que ello obligará, como Congreso y, particularmente, como Senado, a revisar bastante a fondo toda la normativa que rige el desarrollo del medio en Chile.
Esta será la segunda discusión que sostengamos, con efectos legislativos, acerca de la televisión nacional, desde los inicios de la transición. El primer gran debate fue a comienzos de los noventa, cuando despachamos la ley que rige hasta hoy día la televisión pública. Se modificaron después algunos aspectos relacionados con el Consejo Nacional de Televisión, discusión de una u otra manera vinculada.
Desde entonces, hasta ahora, no hemos tenido ocasión de hacer una revisión de nuestro cuerpo normativo en materia de televisión, tanto pública cuanto privada. Y creo que nos encontraremos obligados a efectuarla, para lo cual deberíamos aprovechar el proceso de digitalización que se aproxima.
Por lo tanto, hoy día solamente deseo hacer algunos comentarios respecto de los temas consignados en el informe, el cual, como se ha dicho aquí, partió con un objetivo más preciso: la vinculación entre educación y televisión, terminando, como es natural, haciendo un conjunto de reflexiones sobre aspectos generales del medio televisivo.
Sobre el primer punto deseo hacer dos afirmaciones.
Leo en el texto un conjunto de estudios y opiniones referidos a una materia que, siendo importante, a mi juicio, no es la principal al abordar la relación entre la educación y la televisión. En el fondo, se trata de decir hasta dónde esta última influye en determinadas conductas de niños y niñas, cuestión que, siendo pertinente, ha sido objeto de diversas teorías. Porque es evidente que no es sólo dicho medio el que determina ciertas conductas, como la violencia: esta también se genera en los hogares. Y, en una sociedad en la que un porcentaje muy alto de las familias es escenario de violencia entre sus integrantes, creo que el determinar hasta qué punto esas actitudes dependen de la violencia televisiva y en qué porcentaje derivan de la influencia más directa de ver a progenitores que golpean es un ejercicio académico interesante, pero de resultados siempre dudosos.
Pienso que existe una cuestión previa. El dato que entiendo que se dio en la Comisión es que los niños pasan 3 horas 15 minutos diarios frente al televisor. Y aquí hay un asunto central: si ese hábito social extendido en la población tiene efectos positivos o negativos en la formación de niños y niñas.
Por mi parte, tengo la impresión de que si se toma ese aspecto y se considera desde el punto de vista de las ciencias de la educación y de lo que sabemos por todos estos procesos, a mi juicio llegaremos, casi inevitablemente, a la conclusión de que tal hecho no es formador de los pequeños.
Y ello, en dos sentidos, por lo menos. Primero, es un tipo de exposición, hasta hoy día, puramente pasiva. Ser espectador de televisión no desarrolla, en cuanto a lo formativo, procesos activos, que son los propios de todo aprendizaje.
Segundo, los niños y niñas reciben mensajes que no están ni sicológica ni emocionalmente capacitados para decodificar, descifrar ni entender, porque gran parte de los programas son realizados por y para adultos. Y ese proceso es así.
Me impresiona observar, a veces, la forma como niños y niñas de muy corta edad reproducen, incluso en sus juegos -me ha tocado ver representaciones en las escuelas-, comportamientos, actitudes y movimientos propios del espectáculo de variedades. Me refiero a niñas de 6 años, incluso. No sé si eso contribuye a una formación emocional, física y cultural adecuada.
Nos hallamos, por lo tanto, ante un primer tema.
Y esa cantidad de consumo pasivo, obviamente, compite con otras actividades y aprendizajes infantiles: el desarrollo lúdico, físico, cultural y creativo, la interacción con otros compañeros y familiares, etcétera.
Entonces, me parece que aquí surge una cuestión muy central: qué efecto produce en la formación infantil la exposición tan prolongada a la televisión. Esto habría que estudiarlo más a fondo.
Asimismo, tengo la impresión de que la situación se agudiza en los sectores populares y de que, en general, los hogares con más recursos, de distinto tipo, contarán con más alternativas. Es una hipótesis, por lo que habría que probarla. Pero -repito- aquí hay una cuestión muy central.
Un segundo aspecto que se ha mencionado -sólo quiero señalarlo- se refiere al rol que puede tener la televisión ya como instrumento educativo. En este sentido, existe un amplio campo de experiencias que se pueden destacar y una línea sobre la que es posible profundizar. Incluso, el informe indica que hasta hubo algún aporte de los programas educativos que exhibe el canal de televisión del Senado.
Cabe una tercera reflexión, muy breve, sobre la televisión comercial y la abierta.
En general, leo en el informe elementos relativamente contradictorios. El Secretario General de Megavisión y Presidente de ANATEL sostuvo que la televisión tiene "la misión de formar, entretener e informar". Es decir, la televisión produce bienes públicos. Porque la formación y la información lo son, en una sociedad contemporánea. Podríamos señalar que la entretención se halla en un espacio intermedio. Y se utiliza un recurso escaso y público, como es la frecuencia concesionada.
En consecuencia, de por sí, no se trata de un mercado -como afirman algunos de los ponentes en el informe- sujeto a las mismas reglas que todos los demás. Porque no todos los mercados ni todas las empresas producen bienes públicos, ni todas las empresas usan concesiones de bienes públicos fundamentales para que exista la industria.
Por lo tanto, desde el punto de vista puramente conceptual, no cabe duda de que la televisión abierta y la comercial, incluida hoy día la pública -que también recibe un financiamiento puramente comercial-, deben quedar sujetas a algún tipo de regulación especial que asegure que esa producción de bienes públicos se realice de acuerdo con parámetros que defina la sociedad.
Aquí se presenta una contradicción casi insuperable, pero que, de todas maneras, es preciso enfrentar. Porque, en la medida en que el avisaje sea finalmente el gran financiador, resulta evidente que tenderá, básicamente, a fomentar los consumos y a ganar audiencias, como único objetivo o como el objetivo central, de sobrevivencia.
Pienso que será pertinente revisar nuestra legislación, porque no podemos entender que sea una cosa del destino, una condena de la naturaleza, el que la televisión no tenga ninguna norma que la condicione, que la oriente, para ser considerada como un instrumento al servicio de la sociedad, con el objeto de producir determinados bienes públicos masivos pero de calidad.
Sé que es muy difícil definir todo lo anterior, pero el no hacerlo me parece inexcusable, precisamente por cuanto aquí se ha planteado.
Y expongo dos ideas adicionales.
Tengo la impresión de que la televisión digitalizada, en la medida en que signifique un aumento importante del número de frecuencias, abre la posibilidad -que deberíamos aprovechar- de diversificar los tipos de televisión abierta que se desarrollan en el país. Pienso que ello puede dar pie para aumentar la pluralidad, las identidades regionales, las funciones que no sean puramente de entretención, culturales, educativas, etcétera.
La propiedad de más concesiones por parte del Estado -habrá que legislar también sobre eso- permite una regulación más rica, que finalmente aumenta la diversidad, la calidad y la segmentación de la televisión.
Por último, será necesario discutir también qué va a aportar el Estado, como financiamiento público, para una adecuada producción de estos bienes públicos que tanto importan. Eso tiene que ver, básicamente, a mi juicio, con algún tipo de aporte al canal nacional, al que por ley se le entregan algunas funciones que no son obligatorias para los privados, y la destinación de algunos fondos como los que hoy día existen. Pero, en fin, se deberían estudiar montos y modalidades en el Consejo Nacional de Televisión, con el objeto de que el resto de los canales también puedan producir bienes públicos de calidad que a la sociedad, en su conjunto, le interesan.
Lo anterior es lo que quería reflexionar respecto de la presentación de nuestros Honorables colegas de la Comisión de Educación.
He dicho.