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Informe de Política Monetaria del Banco Central

Sesión 48, Especial, miércoles 5 de septiembre de 2007


El señor FREI, don Eduardo (Presidente).- Tiene la palabra el Honorable señor Gazmuri.


El señor GAZMURI.- Señor Presidente, desde cierta perspectiva, el informe del Banco Central nos da a conocer las condiciones de una economía, en lo fundamental, sólida.
El presente año vamos a crecer más allá de la estimación previa del Instituto Emisor. Estamos con un nivel de gastos de consumo importante, con buenas tasas de inversión y, efectivamente, el único elemento distinto en las proyecciones que se han hecho anteriormente tiene que ver con la inflación. Y, sin duda, en el debate de este informe, las consideraciones que haya sobre las causas de la inflación, la política monetaria del Banco Central es un elemento principal en esta coyuntura. Porque este -por así decirlo- es el dato que no estuvo presente en la previsión anterior y el cambio ha sido considerable.


En general, si vemos los otros indicadores que dan cuenta del estado de la economía, el desempeño es mejor que la previsión anterior del mismo Banco, esto es: inversión, empleo, crecimiento.


Por tanto, considero muy importante contar con un diagnóstico preciso y ojalá compartido sobre la naturaleza del alza de la inflación que hemos experimentado.


Conforme a todo lo que he visto y leído, comparto la conclusión fundamental a que arriba el Presidente del Banco Central, en el sentido de que las causas del alza de la inflación sobre la previsión son, esencialmente, externas. Y este no es un asunto menor, pues se relaciona con la capacidad de previsión del Banco y, por ende, con su confianza.
En tal virtud, estoy de acuerdo con un economista que dice -como lo señala en un diario- que el señor Corbo no tiene la culpa del 5 por ciento de inflación. Es evidente que es así. Las causas son, en lo fundamental, externas, más algunas de índole internas, con carácter de provisorias -en la medida en que no ocurran nuevamente-, como las heladas. Es decir, no son predecibles y constituyen defectos transitorios. Porque las hortalizas de primavera no estuvieron afectas a las heladas de invierno y, por tanto, van a volver a tener precios razonables.


A mi juicio, ese es un elemento muy central.


Quiero referirme, particularmente, a la intervención del Senador señor Novoa, en el sentido de que estaríamos ante la inminencia del riesgo de que el Estado se desboque en el gasto.


A mi juicio, ello no se relaciona ni con lo ocurrido el presente año en materia de inflación -el Informe del Instituto Emisor es categórico al respecto- ni con un crecimiento del gasto público en 2008 de la magnitud del actual.


Según entiendo, tal es también la previsión que hace el Banco Central.


Eso lo vamos a saber a comienzos de octubre, cuando llegue el proyecto de Ley de Presupuestos.


El plantear que estamos frente al peligro de un Estado que gaste demasiado, que sea manirroto, y de que ello pueda descalabrar la economía es una pura afirmación ideológica y política que no se sustenta en el Informe que se nos ha entregado, toda vez que, para bien y para mal, nuestra economía tiene reglas en materia fiscal.


En consecuencia, si el Gobierno se va a ajustar a la regla fiscal, el Presupuesto para el próximo año deberá estar determinado por la previsión del crecimiento potencial. Y esto lo establece, no el Ministro, sino una Comisión de diez técnicos -se podrá discutir acerca de ellos; pero ese es el sistema que tenemos-, más la estimación del precio del cobre, que la hacen otros técnicos. Y todos coinciden más o menos con lo que se ha expresado aquí.


Por consiguiente, lo señalado en cuanto al riesgo de que se produzca una expansión del gasto que pueda significar peligro para la economía del país y mayor inflación constituye un argumento completamente ajeno a lo que debería ser un debate serio y sólido en torno al Informe que hemos recibido, porque existen mecanismos para que eso no ocurra.


La última vez que la mano rota del Estado se aplicó de manera notable en materias electorales fue en 1988, con el Ministro Büchi, para el plebiscito, y en 1989, para la campaña presidencial. Y terminamos en 1990 con 27 por ciento de inflación. Todo el mundo se acuerda bien de ello.


Nosotros hemos tenido una política macro -criticada a veces, incluso por aquellos mismos sectores- en alguna medida conservadora. Pero ese no es el riesgo que presenta esta economía. Y creo que ello es muy serio.


Y como pronto realizaremos la discusión sobre el proyecto de Ley de Presupuestos, quiero adelantar solo dos opiniones, señor Presidente.


En primer lugar, si han de existir reglas sobre la materia -se lo expresamos al Ministro el año pasado-, es preciso que se cumplan y que no suceda que el Ministro, antes de contar con los parámetros básicos, diga que se va a subir un porcentaje más o un porcentaje menos.


Y en segundo término, estimo necesario buscar la manera más responsable de administrar el ahorro externo.


Al respecto, concuerdo, en cuanto línea de política, con lo manifestado aquí en el sentido de que el país no puede gastar como permanentes ingresos adicionales transitorios. Eso es evidente. Pero también debe haber una forma responsable y más creativa que la actual para gastar los ahorros.


Creo que en muchos aspectos podríamos realizar, por una vez, inversiones que no implicaran expansiones monetarias internas: programas masivos de becas, modernización tecnológica, en fin. Con las reservas se pueden realizar muchas cosas distintas de simplemente dejarlas en caja. Y esto, sin cambiar las reglas básicas con que se dirige nuestra economía.


A continuación, señor Presidente, deseo exponer dos preocupaciones, antes de mi comentario final, que tiene que ver más con la política que con la economía.
Primero
, es evidente que los niveles de inflación registrados en el último tiempo golpean de modo diferenciado a los distintos sectores de la sociedad y que, básicamente, los pobres son quienes resultan más afectados.


Lo anterior, porque la inflación tiene un componente muy fuerte en el rubro alimentario.

 

Y, como las familias de menores ingresos gastan un porcentaje muy elevado de ellos en alimentos, tenemos por tanto un problema que puede marcar una tendencia al empobrecimiento de importantes sectores de nuestra sociedad.


También están subiendo las tarifas por el consumo de energía, lo cual afecta de manera muy diferenciada la canasta de las familias de menores recursos. Este es entonces un elemento que, desde el punto de vista político, el Gobierno debería considerar.


O sea, los niveles de inflación registrados en el último tiempo no inciden homogéneamente en toda la población. Afectan mucho menos a los estratos medio y alto que a los sectores populares, pues estos destinan más del 50 ó 60 por ciento de su presupuesto familiar a la adquisición de alimentos cuyo precio está subiendo. No voy a repetir lo ya dicho aquí, donde incluso se han dado cifras.


Repito: se trata de un elemento que deberíamos tener en consideración. Y, evidentemente, no es responsabilidad del Banco Central, sino de quienes tienen a cargo la conducción económica del país.


En segundo término, de las palabras del Presidente del Consejo entiendo que el Instituto Emisor no se apresta a ninguna sobrerreacción en materia de tasa monetaria. Y eso me parece por completo razonable y congruente con el pronóstico.


¿Por qué deberíamos ir bajando la inflación al rango meta de 3 por ciento? Porque si efectivamente las causas de ella son de manera principal shocks externos -algunos ya se produjeron y, por tanto, no van a seguir incidiendo en el tiempo-, una política moderada y no una sobrerreacción en función de las actuales cifras es consistente con el objetivo de una economía en que siga habiendo crecimiento en los rangos en que estamos, en que continúe incrementándose el empleo, etcétera.


Ahora, señor Presidente, mi reflexión política.


¿Por qué este cuadro, que da las cifras básicas de una economía en lo fundamental sólida y en crecimiento, donde disminuye el desempleo, en que hay cierta tendencia al aumento de los salarios, provoca un debate sobre la situación económico-social del país que no tiene que ver con tales números?


Días atrás, un político latinoamericano amigo mío decía: "Con estos datos, ¡cómo bajan en las encuestas!".


¿Cuál es, señor Presidente, el debate económico sustancial que se ha suscitado en el último tiempo a raíz de la intervención del Obispo Goic? ¡El salario ético! Hay cierta disconformidad general con la situación económico-social del país.


Esa es la gran cuestión que enfrenta Chile en este momento (el problema no lo constituye este Informe, que está bien). Y no se vislumbra cómo podría mejorar de manera relevante.


Lo que se halla mal -este es el problema- es el agotamiento de un modelo de crecimiento que, si bien ha significado estabilidad, progreso y disminución de la pobreza en nuestro país, mantiene una pauta de distribución del ingreso que nos parece intolerable.


Ese es el punto: a la mayoría de los chilenos nos resulta insoportable la extrema desigualdad existente.


Y no se trata de un tema nuevo. Nacimos con la desigualdad y hemos vivido con ella por mucho tiempo. Cada vez que Chile logra cierto grado de estabilidad y progreso, vuelve a surgir como un problema social.


¿Por qué se plantea hoy día y no se hizo hace 15 años? Indudablemente, porque el país es más sólido: la democracia se encuentra más asentada; existen menos temores; los miedos del pasado juegan con menos fuerza; la economía crece. Y la gente dice: "Pero la pauta de distribución se mantiene. La desigualdad subsiste: todos más ricos, pero más desiguales o tan desiguales como antes".


Ese es el problema central -no lo vamos a resolver aquí- de la política económica de Chile.


En materia de distribución del ingreso no se pueden hacer milagros; no es factible cambiar completamente la situación de un día para otro. Pero la ciudadanía también se pregunta si es exitoso un modelo de crecimiento que en 17 años mejora en todo menos en tal aspecto.


Esta pregunta, que es central, no tiene respuesta: por qué existen comunidades y países que toleran o pueden tolerar pautas de desigualdad muy grandes durante largo tiempo.
La cuestión radica en que en tal sentido nosotros, como sociedad, tenemos cierta intolerancia cultural que nos acompaña desde siempre.


Y eso es lo que ha provocado los grandes estallidos históricos en el país. Porque, como decía el Cardenal Silva Henríquez, hay un alma nacional que es libertaria e igualitaria: las dos cosas. Y existe un sistema económico-social que incluso, pese a los éxitos que hemos obtenido como Concertación en general, durante 200 años no ha logrado romper la pauta de la desigualdad.


Ese es un tema de política económica social. Y, sobre él, debemos invitar a un debate en serio a los distintos sectores del país y a todas nuestras inteligencias.


Entonces, señor Presidente, estoy muy contento con un aspecto del Informe rendido esta mañana: vamos a crecer en torno de 6 por ciento.


Yo siempre digo: "Los Bancos Centrales siempre se equivocan un poco. Cuando las cosas van para arriba, ponen un poco; y cuando van hacia abajo, ponen un poquito menos".


En todo caso, vamos a crecer entre 5,8 y 6,2 por ciento. Y terminaremos el año 2007 mejor de lo que ustedes pronosticaron al comienzo.


Insisto: se trata de una responsabilidad del país y no solo del Banco Central.
Sin embargo, no estamos respondiendo a la pregunta medular que los chilenos nos hacen: si es posible desarrollar un país donde haya resultados que nos permitan ir corrigiendo los grados intolerables de desigualdad existentes.


Si no resolvemos dicha interrogante, estos buenos datos serán cada vez menos relevantes, y en la perspectiva mediana, más frágiles.


He dicho.