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Regulación de Generación, Manipulación y Uso de Vegetales Genéticamente Modificados

Sesión 79, ordinaria,

martes 8 de enero de 2008


El señor FREI, don Eduardo (Presidente).- Tiene la palabra el Honorable señor Gazmuri.


El señor GAZMURI.- Señor Presidente, me parece pertinente discutir acerca de la posibilidad de crear productos trangénicos en el país. En tal sentido, resulta evidente que, sin perjuicio de existir una legislación, esta es, a mi juicio, muy primitiva.


Tuvimos ocasión de discutir el asunto en la Comisión Nacional para el desarrollo de la Biotecnología, conformada por el Presidente Lagos, la que elaboró un informe que contenía algunas orientaciones o, por lo menos, el debate que tuvo lugar en su seno sobre los productos genéticamente modificados.


Quiero hacer presente que se trata de una discusión particularmente difícil -y creo que debemos efectuarla en toda su complejidad-, en la que existe una gran cantidad de opiniones y donde la información empírica, en muchos casos, es todavía débil.
Yo diría que esos son los datos básicos de la situación.


Y se plantean posiciones que, más que con la dimensión solo científica, se relacionan con cierta filosofía sobre la naturaleza y la sociedad. De ahí que el Senador señor Horvath haya expresado la idea de que no podríamos llevar a cabo lo que la naturaleza no hace, afirmación que, desde mi óptica por lo menos, es discutible, porque, en 30 mil años de historia, , el hombre ha materializado una cantidad extraordinaria de cosas que la naturaleza no hace. A veces, desde luego, se ha obtenido un muy mal resultado. No afirmo que todo ha sido bien hecho.


También median, en esta sociedad industrial desbocada, amenazas contra la propia sustentabilidad del planeta.


Respecto del asunto en análisis, no tengo una posición filosófica -por así decir- en contra de que el desarrollo científico experimente con el genoma. Porque de eso se trata.
En bioética humana, esta discusión es mucho más compleja. ¿Hay una ética posible de la manipulación del código de la vida? Ese es el tema. Y ello estaba excluido como posibilidad hasta hace muy poco tiempo, veinte o treinta años.


En tal sentido, la ingeniería genética constituye un aspecto específico del desarrollo de la biotecnología. Se registra una cantidad inmensa de biotecnologías que no significan manipulación de genes, vale decir, la introducción de información genética de una especie en otra.


Por tanto, en la cuestión existe una dimensión científica. Creo que Chile, obviamente, tiene que desarrollar capacidades en ingeniería genética. Si no, podemos quedarnos atrás en un aspecto central del desarrollo y de la innovación tecnológica moderna. En consecuencia, resulta indispensable regular ese punto.


Y después se encuentra lo relativo a las aplicaciones prácticas y las dificultades que ellas encierran.


A mi juicio, la discusión se debería centrar en tres aspectos principales, señor Presidente.


El primero se refiere a qué efecto causan en la salud humana los vegetales genéticamente modificados. Creo que tanto en Chile como en el resto del mundo hemos avanzado en desarrollar las garantías de inocuidad. Constituye un elemento muy central saber cuáles son esas consecuencias, lo que se debe verificar. Algunas pueden ser inocuas; otras, no. Por tanto, se necesita un conjunto de reservas, de procedimientos, de normativas para garantizar que un producto genéticamente modificado resulta inocuo para el consumo humano.


Un segundo aspecto se relaciona con un problema bien importante, en cuanto a cómo evitamos que el uso de vegetales modificados genéticamente afecte la biodiversidad. Vale decir, la cuestión radica en cómo los aislamos de los otros de manera de que no se registren cruces que afecten la pureza, no modificada genéticamente, del resto de la biodiversidad. Eso es algo esencial.


No se puede decir que no hay ejemplos sobre el particular.


El señor ÁVILA.- Hay miles.


El señor GAZMURI.- Está el caso del maíz en México, donde existe gran biodiversidad de dicho producto y se formulan muchas denuncias en el sentido de que la introducción masiva de maíz transgénico ha afectado la biodiversidad de ese alimento, que es un potencial de riqueza fuerte.


Cabe señalar que hay técnicas al respecto. Las más desarrolladas que conozco se aplican en Cuba, donde están estudiando de modo muy serio estos temas. Algunas de ellas permiten aislar de maneras razonables los cultivos transgénicos; pero son difíciles y costosas, requieren establecer mecanismos de fiscalización, etcétera. Eso lo veo muy débil, en una primera lectura, en el proyecto en análisis.


Por último -y es preciso decirlo, sobre todo para Chile-, se plantea una dimensión estrictamente comercial, que tiene que ver con qué tipo de producción vegetal queremos privilegiar.


Comparto el análisis que se hace en orden a que el país posee las condiciones para ser una gran potencia agroalimentaria, básicamente por razones de clima. Contamos con un clima mediterráneo y todavía tenemos agua, felizmente. En consecuencia, podemos desarrollar una agricultura de alta calidad orientada al consumo humano, y también una acuicultura.
En tal sentido, esta vez concuerdo con lo que dice el Honorable señor Horvath. Nuestro perfil alimentario debería más bien apuntar a producciones limpias, que son las que tienen más demanda en el mundo, y con el agregado de ser más sofisticadas.


Es verdad que en Argentina la introducción de los transgénicos ha sido masiva y con muy pocos recaudos. Pero lo que ocurre es que, así como ayer fue el trigo, el gran desarrollo agrícola trasandino de hoy se debe básicamente a la soja. Y el producto de millones de hectáreas de ese cultivo va a mercados como el chino, que no es muy exigente en materia transgénica. Por tanto, desde el punto de vista económico, la situación podría ser razonable.
Sin embargo, no creo que nuestra industria vitivinícola, por ejemplo, se vea favorecida por la introducción de vides transgénicas. Eso nos alejaría de los mercados más desarrollados del mundo en materia de vinos. Lo mismo ocurre respecto de las hortalizas.


Igual cosa sucede en rubros nuevos. Hemos experimentado un gran desarrollo ganadero, de carnes de exportación, en lo cual existen cuotas fijadas con la Unión Europea. En dicho continente todavía están traumados con lo de las vacas locas. Y, aunque ese problema no tenga que ver con la transgenia, toda intervención en la industria alimentaria es muy resistida.


En consecuencia, también es preciso tomar una opción comercial.


Resulta evidente que se debe etiquetar no solo en función de la ley en proyecto, sino también porque en el país consumimos transgénicos, los que es posible importar. Entonces, la trazabilidad en toda la industria alimentaria se va a hacer más necesaria en la medida en que desarrollemos este debate.


Por mi parte, voy a votar a favor. Pero entiendo que no estoy aprobando la iniciativa específica en examen, sino la oportunidad de realizar una discusión a fondo, que me parece indispensable, en todas las dimensiones mencionadas.


Y espero que finalmente contemos con una legislación que permita que Chile se ponga en la punta científica del desarrollo de la biotecnología, dentro de la cual las técnicas de ingeniería genética son parte integrante; pero que, al mismo tiempo, tengamos un conjunto de resguardos, desde el punto de vista de la salud humana, la biodiversidad y nuestros intereses comerciales de largo plazo como país, no como empresas individuales, de tal manera que logremos un equilibrio razonable en la utilización de estas nuevas tecnologías.


He dicho