El señor ZALDÍVAR, don Adolfo (Presidente).- Tiene la palabra el Honorable señor Gazmuri.
El señor GAZMURI.- Señor Presidente, estamos viviendo un momento de gran trascendencia histórica, diría, en el sentido de que, con la aprobación del nuevo feriado en homenaje a las iglesias evangélicas y protestantes de Chile y bajo la invocación del gran reformador que fue Martín Lutero, sin duda estamos afirmando dos principios que considero muy centrales en la consolidación democrática del país: el carácter laico del Estado y el carácter pluralista de la sociedad.
Pero el laicismo y el pluralismo no significan que la comunidad no reconozca también sus grandes corrientes culturales y religiosas. Porque la iniciativa en debate importa el reconocimiento a una de las comunidades religiosas más vastas, crecientes y activas dentro de la sociedad chilena.
Y hago referencia a la trascendencia histórica porque vamos desarrollando un camino de larga data en el país, signado por la lucha contra la intolerancia y por la afirmación pluralista.
No hay duda de que la Reforma, iniciada por Lutero en el siglo XVI, fue uno de los grandes acontecimientos religiosos y culturales de la historia del cristianismo y de Occidente. Generó, en su oportunidad, una tremenda renovación religiosa en una parte muy importante de la cristiandad y, al mismo tiempo, profundas divisiones en ella.
Las iglesias derivadas de la Reforma han ejercido en la historia contemporánea una gran influencia, inicialmente en Europa; después, en Estados Unidos, que fue la primera sociedad democrática de estos hemisferios; y, en forma muy posterior, en Chile, en las ex colonias del imperio español, porque el proceso contrario a la Reforma, la Contrarreforma, tuvo en España -y también en Italia- una de sus fortalezas principales.
Por tanto, en los comienzos de la República heredamos una cultura religiosa particularmente intolerante: la de la Contrarreforma y la Iglesia Católica hija de la Contrarreforma, no de otra Iglesia Católica.
En consecuencia, no fue casualidad que, como se indicó, los primeros representantes del mundo evangélico y protestante llegaran a Chile junto con la Independencia y los fundadores de la República. Antes no pudieron hacerlo, simplemente, porque eran perseguidos.
Y tampoco fue casualidad que el primer Pastor fuera invitado por el Director Supremo Bernardo O’Higgins, Padre de la Patria, quien, tanto por su adscripción a las órdenes masónicas cuanto por su formación europea e inglesa, tenía un conocimiento directo y un respeto personal -sin perjuicio de que fue católico y murió con el hábito franciscano- respecto de la Iglesia Anglicana.
Entonces, la lucha contra la intolerancia religiosa y por la libertad de culto acompañó a la República desde su nacimiento y ha dado, en diversos instantes, pasos muy significativos. Muchos de ellos fueron obra de los gobiernos liberales, inspirados también por el radicalismo. Cabe recordar las leyes laicas del siglo XIX, que provocaron gran pasión y controversia -Registro Civil, matrimonio civil, cementerios laicos-, y, finalmente, la separación formal de la Iglesia y el Estado en la Constitución de 1925, en el Gobierno del Presidente Arturo Alessandri.
Y, sin perjuicio de la separación de la Iglesia y el Estado, quedaron muchas instituciones, prácticas, costumbres, culturas y leyes que de alguna manera no aseguraban la igualdad religiosa. Eso se corrigió, felizmente -como expresó el Honorable señor Núñez, quien, junto con otros Senadores, tuvo una activa participación en ello-, en 1999, con la dictación de un gran cuerpo legal de la transición chilena: la Ley de Cultos.
Hoy damos un paso más allá. Porque la lucha por la igualdad de cultos, por la libertad de conciencia, porque todas las denominaciones religiosas importantes reciban el reconocimiento del país entero, reviste un carácter permanente, ya que debemos vencer esa historia de la intolerancia y la exclusión.
Me alegra mucho que hoy día -es parte de cómo madura en forma pluralista la sociedad- este proyecto vaya a ser aprobado, imagino, por unanimidad. Eso no habría pasado en el siglo XIX, cuando los chilenos nos dividimos de manera profunda en torno a estas cuestiones.
A mi juicio, ello significa que la sociedad en su conjunto, no una de sus vertientes, ni uno de sus sectores, sino todos los chilenos, reconocemos en el carácter laico del Estado, en el carácter plural de la sociedad chilena, pero también en nuestras grandes corrientes religiosas y culturales, un bien que nos pertenece a todos.
Con ello, no solo estaremos otorgando un reconocimiento específico a la comunidad evangélica y protestante de Chile, sino además contribuyendo a la profundización de la tolerancia, el pluralismo, que constituye la base cultural de una democracia moderna y madura.
Por lo tanto, me alegra mucho que hoy estemos aprobando esta iniciativa.
Finalmente, señor Presidente, desde el punto de vista de los procedimientos, dado que se trata de una normativa muy simple, sin mucho que reformar, pues solo establece el feriado y lo relativo a su movilidad, propongo eliminar el trámite requerido de acuerdo con el Reglamento, en el sentido de fijar un plazo para presentar indicaciones -no creo que haya que formularle ninguna-, y la acojamos hoy, con el objeto de que el reconocimiento pueda ejercerse a partir de este año.
He dicho.