El señor ZALDÍVAR, don Adolfo (Presidente).- Tiene la palabra el Senador don Jaime Gazmuri.
El señor GAZMURI.- Señor Presidente, Honorables colegas, estimados familiares y gente de la Diócesis de Talca que nos acompañan esta tarde:
El 23 de septiembre último, una multitud conmocionada despidió al Obispo Emérito de Talca don Carlos González Cruchaga en la Iglesia Catedral y en la Plaza de Armas de esa ciudad.
Estaban allí las gentes sencillas del pueblo, quienes fueron el centro de su atención pastoral; los sacerdotes, religiosas y laicos comprometidos en las instituciones y obras de la Iglesia diocesana; los estudiantes de la Escuela Agrícola San Alberto Hurtado, de Molina, de la que fue Capellán hasta sus últimos días; las víctimas de atropellos a los derechos humanos que fueron acogidas y defendidas en tiempos duros; todas las autoridades de la Región; el Vicepresidente de la República, y muchos de los Obispos de Chile.
Había bastante pesar, pero también un gran sentimiento de gratitud. Sentíamos que estábamos despidiendo a un hombre excepcional, que había servido a su pueblo, a su patria y a su Iglesia con total generosidad y entrega. Y sabíamos que su legado perduraría entre nosotros.
Despedíamos a un maestro, a un maestro de humanidad.
Hoy le rendimos el homenaje que merece en el Senado de la República.
No es posible, simplemente, en el tiempo de que dispongo, relevar todas las dimensiones de una vida tan fecunda. Me limitaré solamente a algunas.
Ordenado sacerdote a los 23 años, fue asesor de la Juventud Obrera Católica y estuvo a cargo de una parroquia popular en Santiago, hasta que en 1950 se le destinó al Seminario Pontificio, del cual fue nombrado rector en 1962.
Se desarrolla en esos años una de las dimensiones esenciales de su vocación sacerdotal: la formación humana y religiosa de los cristianos; la dedicación a las personas, fueran o no creyentes, que necesitan consejo o, sencillamente, ser escuchadas; la solicitud profunda al prójimo.
Es por ello que don Carlos dejó una huella tan profunda en quienes lo conocieron y trataron, gente de la más diversa condición, origen y creencias.
El presbítero Rafael Villena, al despedirlo, expresó con elocuencia esa dimensión de su ministerio. Dijo, frente a la plaza de Talca: "Lo hemos seguido como a un Buen Pastor; lo hemos escuchado como a un profeta; lo hemos amado como a un enviado de Jesucristo. Hoy lo lloramos como a un padre".
Y agregó: "Gracias, don Carlos, porque nos ha enseñado a ser Iglesia de Jesucristo, atenta al Espíritu Santo que actúa en la historia. Flexible, misericordiosa, acogedora y servidora de todos. Ligera de equipaje. Buena samaritana, como su Señor. Iglesia misionera y solidaria. Pobre y sin poder. Iglesia que no olvida que sigue a un crucificado".
En 1967, luego de la trágica muerte de Monseñor Manuel Larraín, una de las figuras más destacadas de la Iglesia de su época, fue designado Obispo de Talca, entre otras cosas por su firme compromiso con la doctrina social de la Iglesia, las clases trabajadoras y el campesinado.
Don Carlos, durante los 30 años de su episcopado, continuó, profundizó y amplió la labor de Monseñor Larraín. Lo que hizo sorprende por lo fecundo: un seminario diocesano en Rauquén; la Congregación de Religiosas del Buen Samaritano, dedicadas al cuidado de los ancianos; la creación de la Universidad Católica del Maule; la Fundación Crate, destinada a promover la organización y las economías campesinas; el monasterio de las Hermanas Trapenses, en fin. Las obras son numerosas, diversas y duraderas. Más importante que ellas es el espíritu que las anima: el de una Iglesia que acoge y sirve.
Desde el comienzo y hasta el final, la dimensión social de la labor pastoral de don Carlos resultó esencial. Dado que su Diócesis es eminentemente rural, la condición del campesinado y su elevación social y cultural fueron una preocupación central, casi obsesiva, en su práctica y su discurso.
En los últimos años lo angustiaba la poca visibilidad de la cuestión campesina en la agenda nacional y nos urgía a corregir esta situación. Lo decía así: "El modelo económico imperante hasta hoy día ha debilitado aún más la identidad campesina y acrecentado la invisibilidad de un mundo que no forma parte de las prioridades del país. El gran desafío del país y de la Iglesia es revalorizar el mundo campesino y fomentar una preocupación real por este problema, arrastrado por tantos años.".
Sus reflexiones, ciertamente, iban mucho más allá del mundo rural. Hay una prédica constante, a veces angustiada, otras profética, sobre el imperativo ético de generar una economía y una sociedad justas: una economía de la solidaridad, como la preconizaba.
Los treinta años de su episcopado son los más turbulentos de la historia republicana. Como Obispo, fue testigo de las transformaciones sociales llevadas a cabo por los Gobiernos de los Presidentes Frei Montalva y Allende, del derrumbe de la democracia, del largo período de dictadura y de los primeros años de la transición a la democracia. Le correspondió asumir la Presidencia de la Conferencia Episcopal entre 1988 y 1992, años decisivos en que todos los chilenos logramos avanzar pacíficamente hacia ese último objetivo.
En aquella época, su aporte a la defensa de los derechos humanos fue determinante, junto al de otros grandes obispos de la Iglesia Católica chilena: Silva Henríquez, Ariztía, Camus, Santos, Valech, Alvear y tantos más.
En su penúltimo libro, presentado en Santiago en el año en curso, don Carlos resolvió dejar su testimonio sobre las tensas relaciones entre la Iglesia y el Régimen militar, como una contribución al conocimiento de nuestro doloroso pasado, al diálogo y a la reconciliación nacional. Es una obra clara, directa, valiente, respetuosa, a mi juicio indispensable.
El texto incluye un episodio ocurrido en Talca que considero que fue muy determinante en su actitud de esos años. Así lo cuenta: "Pienso en el Intendente de Talca, Germán Castro Rojas, acusado de intentar volar las compuertas de la laguna del Maule. No hubo juicio hasta después de su muerte y él sólo quería llegar a la Argentina, para huir de la represión. Lo pude acompañar y asistir a su fusilamiento en el Regimiento de Talca. Es, tal vez, lo más fuerte que he vivido en mis sesenta y tres años de sacerdocio.
"A las cinco de la tarde recibí la información de que sería fusilado a medianoche. Fui a la cárcel y le informé sobre la realidad. Desde las ocho de la noche hasta el final lo acompañé. Que extraño es dar la Santa Unción a quien está bien de salud y con solo 34 años. Él escribió una carta a su esposa y otra a sus hijos, porque pude lograr que le quitaran las esposas…
"Llegamos al Regimiento de Talca, y antes de fusilarlo el comandante le preguntó si quería decir algo. Germán dijo: "Viva el socialismo" y los doce soldados dispararon. Quedé sobrecogido y este recuerdo nunca se ha borrado de mi mente. Al día siguiente, antes de finalizar el toque de queda, fui a ver a su familia y a explicarles su muerte.".
Hombre de su tiempo, vitalmente interesado en el destino de su patria, siguió atenta y muchas veces curiosamente los avatares de la política nacional y mundial.
Fue en numerosas ocasiones controvertido y blanco de polémicas, e incluso, de ataques aleves.
Pero su intervención en los asuntos de la sociedad siempre tuvo lugar a partir de su vocación de hombre de fe, de sacerdote y de pastor. Su último libro, presentado pocos días antes de su muerte, escrito con el estilo que lo caracterizaba: sencillo y profundo, lleva el título "¿Quién es Jesús?".
Don Carlos fue un enamorado de Jesús. Se caracterizó por ser un hombre de fe profunda, cultivada en el silencio y el rigor y severidad consigo mismo, y en la generosidad y comprensión hacia los demás. De allí su natural alegría; su fino y a veces sorprendente sentido del humor; su estrictez en los horarios; su modo contenido de expresar sus profundos sentimientos de amistad y de cariño.
Termino mis palabras manifestando simplemente: ¡Don Carlos, muchas gracias!