En forma insólita, estamos presenciando recriminaciones mutuas entre el titular del Banco Central y el de Hacienda, acerca de que la culpa de la inflación la tendría este último por no haber moderado el gasto fiscal, y que el primero, si de algo se arrepiente, es no haber empezado a subir antes la tasa de interés. Y el tema no es el poder adquisitivo de las personas, el encarecimiento del costo de vida y su impacto en la vida familiar y en el fondo, si logran subsistir físicamente. El tema es cuán lejos estamos del 3% de la meta de inflación, en medio de la inflación internacional de costos más alta del mundo que se tenga memoria desde los setenta.
Dos académicos a cargo de las más altas funciones, de las que dependen la sociedad y las familias, en donde se gestan o la prosperidad o las frustraciones, las esperanzas o la vulneración del derecho a vivir en un país donde la realidad sea un futuro mejor.
Que hay temas técnicos que considerar, no cabe duda, pero no podemos aceptar que la pelea o definición de políticas se dé circunscrita a un mero subcapítulo de la Teoría Económica, tan aplaudida por los beneficiados con las distorsiones, es decir aquellos que hasta ahora concentran casi toda la riqueza del país, como si no existieran otras 15 millones o más de personas castigadas y que lo serán aún más de continuar con este enfoque reduccionista de la realidad.
Su eterna e imborrable sonrisa denota que uno de los nombrados no piensa en la nota país, sino en la de una Universidad que lo espera con los brazos abiertos, radicada en la primera potencia del mundo, y en cuyo seno se han gestado uno de los principales errores de la historia económica: producir a cántaros una lluvia imparable de créditos impagables, guiados por la mano invisible y por cierto, con la sapiencia de expertos que juraron haber inventado un sistema donde se puede dar créditos riesgosos, sin riesgo, y ganando tasas de interés mucho más altas.
El otro solo piensa en la herramienta de fijar el costo del crédito por un día, olvidando otras, como la única que le corresponde manejar, sin considerar que su efecto solo puede ser casi inútil, porque la inflación viene de afuera.
Recordamos que este paradigmático 3% de rango meta, fue autoimpuesto por otro titular del Central que produjo una de las más largas recesiones que se recuerde en Chile y donde se inició o reinició, aceleradamente, la destrucción de la clase media y de los pequeños y medianos empresarios.
Estamos en presencia de un juego elitista, en un gobierno que pretende ser progresista, y cuyas cabezas cuentan con un puesto seguro en centros o universidades igualmente elitistas, donde podrán seguir con el mismo esquema de pensamiento y prioridades hasta el fin de sus días.
Lamentablemente, el resto enfrenta la quiebra, el hambre, la cesantía, la pobreza, la frustración familiar, la desesperación, el desengaño y a no dudarlo, la elección de medios de vida tremendamente dañinos para la sociedad que vemos recrudecer con virulencia. Esta gente no tiene universidad que los reciba, ni ningún salvavidas porque ya han tenido que vender sus activos, y su registro en DICOM les depara ser parias económicos, que en el mejor de los casos solo podrán vivir a hurtadillas, silenciosamente, y con paupérrimos medios de vida.
No hay responsables por el crecimiento económico, el factor material más importante para todos los chilenos y del que depende otras variables que no son materiales pero que son muy caras para la gente decente y con valores, o simplemente con mínimos sentimientos humanos. A uno, que no quiere ir más allá, lo mandata la inflación. El otro, ejerce en verdad como Tesorero, y busca exhibir de retorno a su verdadera patria, el superávit fiscal más alto logrado por un ministro, lo que en lugar de virtud, solo denota tozudez, porque la pregunta que se hacen todos, de aquí a EE.UU. , en el mundo desarrollado y menos desarrollado, es como un país que tiene todas las condiciones para consolidar un ritmo notable de crecimiento, y lograr metas sociales cada vez más osadas por el sólo medio del trabajo, la producción y la productividad, lo único que logra es retroceder en los rankings, mostrar grados de inversión que ya no solo los extranjeros –sino también los chilenos- no usan porque invierten en países más atractivos.
El modelo promete fehacientemente crecimiento y estabilidad, y con una aplicación más realista y creatividad mínima, con ajustes que la ocasión pide a gritos, sin romper ninguna regla básica sagrada que nos lance al caos, daría satisfacción con seguridad a las mayorías, a la clase media, a los emprendedores y a los innovadores. Y si ello no sucede, y logra justamente lo contrario, no es culpa de quienes creen en la libre empresa y en el emprendimiento, sino de que quienes lo conducen no son aptos para la tarea, entendiendo por tales no solo las caras visibles sino a la misma autoridad que día a día les da un respaldo que no se condice con los resultados.