Al tomar el Gobierno la decisión de guardar en bancos o instituciones financieras extranjeras, las grandes fortunas que nos ha deparado el precio del cobre, argumenté que una mejor alternativa era emplearlas en beneficio del desarrollo económico y social del país, lleno de desafíos y de proyectos que pueden marcar un futuro brillante para las actuales y futuras generaciones.
Era y es una mala decisión, por cuanto es negarse a un destino que puede y debe ser mucho más auspicioso que nuestra realidad económica, marcada no solo por un crecimiento mediocre y una inflación inusual, sino por la falta de oportunidades para la mayoría de nuestros ciudadanos que cada día adquiere ribetes más críticos.
La rentabilidad real obtenida con esos recursos, en las escasas oportunidades que les dieron publicidad, era sorprendentemente baja y muy inferior a la que resultaría si se aplicaran internamente a la potenciación económica y social de nuestro país.
Ahora ha aparecido un nuevo factor, y es la falta de seguridad de los fondos. La supuesta ventaja de tenerlos en el extranjero era su resguardo, lo que compensaba cualquier diferencia de rentabilidad. Sin embargo, al tornarse el mercado financiero internacional en volátil, turbulento y causante de pérdidas multimillonarias, pudiera ser que no solo ganaremos menos con ellos, sino que además podemos perderlos.
Esto adquiere especial relevancia si se considera la reciente decisión del Gobierno de EE.UU. de dejar quebrar al cuarto banco de inversión más grande del país, causando una debacle financiera que no se veía desde el ataque a las Torres Gemelas, coronando una serie ininterrumpida de bajas bursátiles en el mundo, y la acumulación de pérdidas siderales por parte de los bancos.
Para la tranquilidad de nuestros ciudadanos y para una mejoría de las maltrechas expectativas que imperan, se hace necesario, como medida de suma urgencia, que las autoridades económicas informen del destino de los fondos chilenos en el extranjero y el grado de riesgo que existe de que puedan ser afectados por pérdidas en los mercados, actuales o futuras.
Y a continuación, iniciar un debate serio sobre lo que conviene hacer con esos fondos, desde mantenerlos como están, en los instrumentos en que están invertidos, hasta el tipo de proyectos en los que todo o parte de ellos pudieran ser usados para dar un nuevo impulso y destino a una economía que lo necesita y lo pide a gritos, especialmente en momentos en que por todas partes se anuncia la fatalidad de un crecimiento más lento o de una recesión.