Este es uno de los momentos más turbulentos de la economía mundial, y a pesar de que no lo quisiéramos, golpeará a Chile y a los chilenos en todos los sectores y en todos los estratos, aunque lógicamente los de menores recursos, con menos ahorros o ganancias acumuladas, serán los que sufrirán más.
El mundo desarrollado, por el momento especialmente los EE.UU., ha encarado por fin la raíz de los problemas económicos que se vienen notando en forma visible y manifiesta desde hace más de un año, e incubándose, por cierto, desde mucho antes. La receta empleada es el gasto, dirigido selectivamente donde pueda golpear más duro a las fuentes recesivas, como es el mercado de hipotecas, otorgando liquidez para suplir el crédito que las instituciones privadas se niegan a dar, una tasa de interés lo más baja posible y ahora un plan de rescate de magnitudes gigantescas, equivalentes al 5% del PIB americano o US $ 700 mil millones. Política monetaria y crediticia expansiva y una política fiscal deficitaria. Ambas son factores de expansión para combatir una economía que se achica día a día en consumo e inversión, en ventas, en empleo, y en ingresos.
Se dirá que este es un lujo que se puede dar Estados Unidos, puesto que es el país emisor del circulante mundial. Sin embargo, también puede hacerlo un país que por largo tiempo ha atesorado gran parte de las riquezas que le han llegado producto del auge mundial, que precedió la crisis, con una política que ha mezquinado el acceso al crédito a las pequeñas y medianas empresas y donde el vital elemento que es la fuente de progreso, así como de sus desastres si es que falta, ha sido manejado por y a favor de las grandes corporaciones del mercado interno. Y ese país es Chile.
La autoridad económica ha manifestado que este es el momento que las familias y las personas deben apretarse el cinturón, así como lo deben hacer Hacienda y el Presupuesto y el organismo emisor, en una constante e intransigente política anti inflacionaria.
Este es un error de proporciones, tanto así que el mismo EE.UU. no lo hace, porque si la gente no gasta, los bancos no prestan, y el Fisco no gasta y el mundo no demanda nuestros productos, entonces iremos a un desastre. Y quedará pendiente la gran pregunta, ¿para qué ahorramos si no es para momentos como éste?
Evidentemente, una política monetaria revisada, que no solo sea más cautelosa con las tasas sino que piense en líneas de crédito especiales, para reflotar la pequeña y mediana empresa y salvar centenares de miles de puestos de trabajo y crear nuevos, y un gasto público generoso, que incentive proyectos intensivos en mano de obra, para que cada peso pueda llegar ahora y directamente a la gente, es la política adecuada, y se debe dejar de lado la idea de mantener una economía aséptica pero paralizada al faltarle el vital oxígeno: el crédito y la demanda , que sustituya la demanda extranjera que declinará y las líneas de crédito externa que tampoco llegarán.
Con sus ahorros, Chile puede crecer durante 5 años a una alta tasa, sin que reciba un solo dólar de capitales o créditos externos. Lo hizo en los 90’s pero con plata de afuera aun ritmo de US$ 5 mil millones anuales, que al final había que pagar. Ahora ese capital es nuestro.
La idea que el fallido plan-en primera instancia- estadounidense iba solamente en rescate de los ricos, equivocada por cierto, forzó al ejecutivo a reformularlo para que se viera en forma explícita-y no a través de giros teóricos- que también se acudía y apoyaba a los pequeños y medianos y a la clase media.
La lección es que no solo hay que gastar sino que también hay que pensar en el contenido de lo que se gasta y por primera vez desde hace muchísimo tiempo, ir en beneficio directo de las mayorías largamente olvidadas por sucesivos gobiernos que se han auto arrogado ser progresistas.