La crisis económica mundial está resultando una verdadera escuela para poner en su contexto lo que significa "corregir el modelo", mi propio mensaje al mundo político y a la ciudadanía. Éste, después de todo carecía de ciertos afinamientos que le van a costar al mundo una cantidad inconmensurable de dinero, desaceleración o recesión económica, pérdida de empleos y quiebras de empresas.
Y no sólo sufrirán las pequeñas, porque cuando las mayorías carecen de los ingresos y puestos de trabajo, pueden mandar al desastre hasta a la General Motors, para no mencionar a Citigroup o el Bank of America.
Contrariamente a la gente, que me apoya y felicita por tratar de validar esta necesidad, los medios han destacado el desdén hacia mi postura: de los "expertos", de los políticos y empresarios que los alimentan material e ideológicamente, y de algunos hombres de empresa que han creído que la mano invisible que los tiene fuertemente atados a la manguera de la riqueza puede permanecer eternamente en esa condición.
E incluso en este test de mercado que muestra en forma ampliada las tremendas falencias del "laissez faire", en nuestro país se sigue insistiendo en las bondades absolutas del modelo, con la vana esperanza que no se cambie ni una coma.
Tal como EE.UU. y Europa no van abandonar el capitalismo ni durante ni después de esta crisis, yo tampoco pretendo que se deba abandonar el mercado como principal asignador de recursos.
Porque hacerlo sería pecar de ignorante, desconocer que al comunismo lo derrotó la ineficiencia y no la fuerza de las armas, desconocer que un país debe funcionar en forma descentralizada, porque es imposible que en un mundo cada vez más complejo y especializado, vayan a ser los funcionarios del Estado los que muevan las ruedas del crecimiento.
En el fondo, el mercado es cómo la electricidad que mueve una maquinaria, y es imposible desconocerla. Pero si los cables están mal dispuestos por décadas, y todavía no se arreglan, resulta obvio que hay que arreglar algunos tendidos y nudos.